La Plaza de La Angostura acogió el pasado viernes un emotivo homenaje a las floreras, mujeres que desempeñaron un papel decisivo en el desarrollo económico y social del barrio durante buena parte del siglo XX.
El acto, organizado por la recién creada Asociación Las Floreras, sirvió para reivindicar la memoria de aquellas campesinas que hicieron del cultivo y la venta de flores una forma de vida, además de reconocer su contribución al sustento de numerosas familias y a la identidad de este enclave satauteño.

En el reconocimiento participaron Lupe, hija de Pinito «la de la Ladera»; Mercedes Rodríguez Hernández, hija de Antoñita Hernández e Isidro; Pino Rodríguez Hernández, hija de Antoñita Hernández; Pimpina Rodríguez Alemán, hija de Pino Alemán; Margarita Hernández Navarro, hija de Leonor Navarro; Paqui Santana León, hija de Asunción León «Sionita» y Víctor Santana; Juana Rosa Santana, hija de Juanita Santana; Macu Rodríguez Marrero, hija de Lito y nieta de la recordada florera Antoñita Hernández; y Carmen García Sánchez. Todas ellas compartieron recuerdos y vivencias de sus madres y abuelas, poniendo voz a una generación de trabajadoras cuyo esfuerzo resultó determinante para la economía doméstica.
También asistieron el primer teniente de alcalde, Carlos Carrión y la concejal de Festejos, Avelina Fernández Manrique de Lara. La presentación estuvo a cargo de Sole Rodríguez Noda, integrante de Las Floreras, mientras que Fran Gutiérrez, de la Asociación Loza, destacó la importancia de preservar y transmitir el legado de estas mujeres que cultivaba, confeccionaban los ramos y comercializaban las flores, generando unos ingresos imprescindibles para la economía familiar.

La eterna primavera
El barranco del Guiniguada vivió una de sus etapas de mayor esplendor gracias a los claveles cultivados en los huertos familiares de La Angostura. El cronista oficial de la Villa de Santa Brígida, Pedro Socorro, recuerda: «Desde siempre, La Angostura ha gozado de excelentes condiciones para la floricultura gracias a la fertilidad de la tierra y los componentes básicos, primarios, de este valle: la luz, el aire y el agua; pero también por la predisposición de sus habitantes hacia el cultivo de las flores». Aquella intensa actividad convirtió a las floreras en protagonistas de una tradición que dejó una profunda huella en la identidad del barrio.
«Por entonces, el cauce del barranco Guiniguada, entre el puente de La Angostura y el puente de Las Meleguinas, se volvía eterna primavera, y el aire se hacía diáfano y fragante con las flores brotando en su belleza y embriagándolo todo», describe el cronista. «Las estirpes de mujeres del campo se sucedían sin darle demasiada importancia a la edad de los nuevos reemplazos: algunas de ellas, todavía niñas o en la flor de la vida, comenzaban a poner los pies y las manos bien plantados en la tierra (…)».
Texto completo: Las floreras de La Angostura
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