El pueblo que surgió del bosque
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Cuna de batallas y leyendas, antiguo bosque de palmeras y lentiscos, paisaje de volcanes adormecidos y barrancos, como el Guiniguada, cuyo hilo de vida definió su pequeño territorio, como antes su vida, su riqueza y su razón de ser. Así es Santa Brígida, una hermosa villa, mezcla de pasado agrícola y presente residencial, que se asoma al nuevo milenio humilde y orgullosa de su glorioso ayer y de sus cinco siglos de historia.

Bendecida y embellecida por un envidiable conjunto de plantas y flores que enriquecieron su imagen y su toponimia, y prestigiada por su clima benigno, esta verde y cautivadora villa escribió con letras de oro una de las más hermosas páginas de la historia de Canarias al haber sido capital y cuartel general de la isla durante una semana, el tiempo que tardó en expulsar y derrotar a la escuadra más poderosa que jamás haya surcado las aguas del archipiélago: la armada holandesa que capitaneaba el almirante frisón Pieter Van Der Does y cuyas intenciones no eran, precisamente, conquistar una parcela donde plantar tulipanes.

Desde los remotos tiempos de la Conquista, ha cobijado durante siglos a pacíficos y laboriosos agricultores, esforzados esclavos, artesanos de todas las habilidades, ávidos comerciantes, poderosos clérigos, militares con sus predios, colonos vinculados a la producción agrícola y a la flor y nata de los intelectuales y regidores de la isla, como aquel niño llamado Benito Pérez Galdós, que pasó aquí los mejores años de su infancia entre vinagreras, mocanes y viñas antes de ponerse a escribir sobre los seres humanos, sus sentimientos y episodios colectivos.

A medio camino entre la costa y la majestuosa silueta de la Cumbre, a tan sólo 14 kilómetros de la capital, se encuentra esta coqueta población fundada en los albores del siglo XVI. Un tiempo, una época, unos años de grandes estudiosos, de hombres llenos de sabiduría, entregados con afán al estudio de los libros y de la ciencia, mientras el todopoderoso emperador Carlos I luchaba contra los turcos y berberiscos y el genio de Miguel Ángel pintaba la Capilla Sixtina ¡a lo largo de 33 años!.

En pleno Renacimiento, Santa Brígida se convirtió en un lugar atractivo para los nuevos pobladores, algunos conquistadores y otras gentes llegadas a la isla en los años inmediatos a la conquista, agraciadas con el reparto de tierras y el agua abundante que cruzaba este territorio cubierto por entero de bosque, donde pastaban los nutridos rebaños de las tribus aborígenes. Tal fue el caso del bachiller Cristóbal de la Coba, uno de los privilegiados propietarios del agua de Satautejo, quien puso en práctica toda su sabiduría hídrica para asegurar sus cosechas de cañas de azúcar que poblaban en 1519 La Angostura, cultivadas con esfuerzo por su cañaverero Gonzalo de Ocaña y los esclavos a su servicio. Allí, en la ribera del Guiniguada, emplazó poco después un ingenio para moler la caña y refinar el blanco azúcar.

En pocos años, los nuevos hacendados andaluces y castellanos convirtieron a Santa Brígida "en un auténtico vergel, a golpes de hacha y surcos de arado", en palabras del historiador canario Antonio Rumeu de Armas. La agricultura alteró de raíz aquel agreste paisaje de pahneras y lentiscos y en los sotos Y calveros del umbroso bosque florecieron los cereales, las viñas y aquel azúcar de caña, que esperaban con ansias los confiteros sevillanos para enviarlos a las despensas de América y Europa.

La importancia que va adquiriendo la Vega gracias al auge alcanzado por su economía azucarera hace que los vecinos, a medida que van aumentando, soliciten la creación en su jurisdicción de una sencilla ermita -de una sola nave, pero con campana para llamar a misa- donde escuchar la palabra de Dios y evitar los largos y penosos recorridos hasta la lejana iglesia del Sagrario, en la ciudad, de donde eran feligreses.

La primitiva iglesia, fundada por don Francisco de Maluenda e Isabel Guerra, se abrió al culto en 1525, siendo su primer capellán Pedro Sitronela, que ocupaba una casa, con cocina anexa y corral para los animales, edificada junto a la pequeña ermita, propiedad también de la fundadora. El casco sirvió de asiento a las clases más acomodadas (descendientes de conquistadores), propietarios de la tierra, clérigos, comerciantes, como la familia de Juan Francés, su esposa Bárvola González y su hijo Luis Briviesea, mayordomo de la iglesia y propietarios además de un horno de pan en el cauce del barranco, así como otros personajes notables que fueron dándole empaque e importancia a la villa. La naciente vega empezaba a crecer en extensión y en almas, configurando lentamente, pero de manera progresiva, su rostro más amable y rural.

Otras viviendas comenzaban a edificarse, con cierta improvisación, junto a los cultivos, los hornos de pan y tejas y los ingenios azucareros. Allí la población era más humilde, compuesta por esclavos y hombres ligados al duro trabajo de las plantaciones de cañas y otros cultivos de subsistencia, entre los que destacaban los cereales. Sus viviendas eran rudimentarias casas bajas, de piedra y barro, pero cubierta de tejas que se cocían en el tejar de La Angostura, propiedad del vecino Hernando de la Feria, y que atendía a las nuevas construcciones. El aumento de la población fue notable en el siglo XVII y posteriores, toda vez que a finales de dicha centuria se contabilizan en la parroquia más de dos mil habitantes censados en 1688, y distribuidos en más de 400 casas diseminadas por los barrios de El Monte, La Atalaya, Las Cuevas, Las Goteras, Satautejo, La Angostura, Los Silos, Lomo Espino, Pino Santo, entre otros pagos de la Vega de Arriba. Santa Brígida se convertía en la tercera población de Gran Canaria por la abundancia de habitantes, después de Las Palmas y Telde.

La belleza del lugar y la benignidad de su clima, hicieron de Santa Brigida el "campo de recreo" de los vecinos más pudientes de la costa que recuperaban sus fuerzas en medio de un paisaje de atractiva y cautivadora variedad. En pleno siglo XVIII, el historiador Pedro Agustín del Castillo y Ruiz de Vergara hace una somera descripción del lugar:dos leguas de la ciudad Real de Las Palmas, a la parte del oeste, en sitio alegre, fresco y ameno; todo poblado de viñas, árboles frutales de todos géneros, y de sembrados; carnes, casas de conejos, perdices y palomas". A renglón seguido exalta Castillo el número y calidad de las casas y mansiones "de todas las conveniencias para los continuados recreos de los veranos, por lo que, siendo los dueños de las heredades vecinos de la ciudad, se retiran a él para gozar de las frescuras de sus perennes arroyos y fuentes".

Un tercio de siglo más tarde, el insigne historiador y naturalista José Viera y Clavijo (1731-1813) quedó gratamente sorprendido de la belleza de este territorio cuando se hospedó en la vieja hacienda de San José, de su amigo Pedro Bravo de Laguna y Huerta, y trasladó la Vega a un soneto que empieza así:

"Ved aquí un paraíso sin serpiente donde no hay fruta al gusto prohibida, donde todo árbol es árbol de vida, su Adán agricultor, su Eva inocente."

Hoy en día la Vega de Abajo ya no es tan inocente como en el siglo XVIII y de su fruta prohibida sólo queda el recuerdo de una economía basada exclusivamente en la agricultura, cuando sus vegas y sus huertas eran la despensa hortícola de la ciudad y un destacado centro de contratación de vinos con los que se brindaba en toda Europa.

El potencial hidráulico de la Vega, en la actualidad muy mermado, y la riqueza de su suelo dieron como resultado un régimen de cultivos centrado básicamente en las papas, las verduras y los árboles frutales, sobre todo perales y naranjos, que se mantuvo hasta mediados del siglo veinte. El desarrollo turístico que experimentó el Sur de Gran Canaria y la crisis agrícola de los años sesenta transformó radicalmente la tradición económica de este municipio. A partir de ese momento, los agricultores liquidaron sus aperos de labranza y plantaron en los surcos los cimientos de la especulación, merced al fuerte empuje de la construcción que desde esos años atrae a la población residencial por su proximidad con la capital Gran Canaria.

La Vega se nos presenta hoy bastante edificada, en una mezcla de núcleos residenciales y viviendas aisladas, aunque no siempre tuvo este aspecto. El paisaje local de nuestros días dista mucho de la exuberante vegetación que encontraron los conquistadores castellanos, con un bosque frondoso, pleno de frescor, cuya densa y vigorosa vegetación cubría todas las alturas del Monte y no permitía siquiera penetrar a los rayos de sol. La agricultura va en franca retirada y en beneficio de nuevas construcciones con jardín privado. Pero Santa Brígida sigue manteniendo la esencia de su fundación y la belleza de sus palmeral es, origen de su nombre primitivo (Tasantejo o Sataute), como el entrañable Palmeral de Satautejo, donde todavía es posible recrear aquel paraíso que latía con un poderoso y verde latido, y que sigue siendo la memoria viva y natural de que Santa Brígida es un pueblo que surgió del bosque, el del Lentiscal.

A raíz de su crecimiento poblacional, este municipio fue conocido con el nombre genérico de El Lugar de la Vega, ocupando la cuenca media del Guiniguada, con lo que su jurisdicción alcanzaba desde los límites actuales con la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria hasta las mismas cumbres. Entonces era uno de los pueblos más extensos de la Isla. Un sólo y amplio municipio compuesto por La Vega de Abajo (Santa Brígida), la de En medio (El Madroñal) y la de Arriba (San Mateo). Hasta el mes de diciembre de 1801, San Mateo fue un barrio más de Santa Brígida, pero el crecimiento de su población (estimada en unos 500 vecinos) y la demanda de una parroquia y una autonomía administrativa que evitaran los desplazamientos dieron lugar a la segregación a finales del siglo XIX, gracias a las gestiones del entonces Obispo canario, Manuel J. Verdugo y Albiturria, que convirtió en parroquia una antigua ermita que ya existía en 1652, junto al manantial de Los Chorros, donde se ofrecían misas y novenarios pidiendo que lloviera o que se alejaran las plagas de langosta; las mismas que echaban a perder las cosechas y reavivaban el drama del hambre y la emigración.

También esta villa se honra en poseer el título de invicta, pues fue escenario de la batalla librada en Monte Lentiscal, donde unos 500 milicianos canarios, mandados por el Gobernador Pamochamoso, pudieron vencer y poner en retirada a una formidable tropa holandesa compuesta por 73 grandes navíos y 6.000 hombres entre marineros y soldados que, protegidos por cascos y rutilantes armaduras, irrumpieron sin miramientos en este pequeño paraíso en busca de las riquezas que habían sido evacuadas de la ciudad hasta La Vega en previsión de su derrota.

Ante la ocupación de la capital, las monjas bernardas vinieron a refugiarse en la hacienda del Galeón, y de una de ellas, Sor Ana de Sopranis, se cuenta que al rezar ante el cuadro de Ecce Homo durante la batalla que se desarrollaba en el Monte Lentiscal, oyó la voz de Jesús que le prometía el triunfo de los campesinos del pueblo, que capitaneaba un oriundo de la Vega, Pedro de Torres Santiago, gran conocedor del campo de batalla. El combate fue tan aguerrido que los holandeses huyeron despavoridos para caer desplomados muchos de ellos por los riscos. En su huida saquearon y prendieron fuego a la ciudad de Las Palmas. De dicho episodio queda fe en el escudo heráldico de la villa, que lleva la leyenda:"Por España y por la fe vencimos al holandés".

Cuenta la leyenda que las mujeres de esta villa se congregaron en la iglesia para pedir a la Virgen del Rosario que alejara el peligro de las naves extranjeras. En la iglesia se conservaba incluso una bandera, con unos bastones bordados con hilos de oro, que tomaron a la escuadra holandesa durante el ataque y que fue donada por la vecina Luisa Hemández al culminar la batalla.

La Virgen del Rosario gozó desde entonces de gran devoción popular, aunque el patronazgo del pueblo pertenece, no obstante, a la imagen de Santa Brígida desde la apertura de la iglesia en 1525, una santa del norte de Europa, no se sabe si irlandesa o sueca. Posiblemente, la devoción de esta santa fue introducida por las familias irlandesas, que en esos años se refugiaron en Gran Canaria huyendo de la persecución religiosa de la Reina Isabel I de Inglaterra.

Hoy en día las actividades comerciales, las características de La Vega, y la población han variado mucho en función de los tiempos y del desarrollo. Hasta hace unos cincuenta años, Santa Brígida contaba con poco más de seis mil habitantes, cuya principal ocupación económica era la del campo. Hoy el censo se eleva a unos 20.000. La población, mayoritariamente joven, ha duplicado su número en las últimas dos décadas debido a la aprobación, a partir de los años sesenta, de una decena de urbanizaciones que fueron ganando terreno a la agricultura y cambiando su piel de surcos, suaves colinas y montes bravos. A las puertas del nuevo milenio, el pueblo de Santa Brígida mira al futuro con optimismo, convertido en el epicentro de su identidad, y de su nostalgia.