Pregón de las fiestas de Fátima de Pino Santo Bajo. Sábado, 9 de mayo de 2009 |
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| viernes, 19 de junio de 2009 | |
Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida
Queridos vecinos de Pino Santo Bajo, visitantes y quienes nos escuchan a través de la radio. Buenas noches. En primer lugar quiero expresar mi agradecimiento a la Asociación de Vecinos Las Haciendas y de manera singular a su presidenta, Reyes Rivero Alonso, por haberme otorgado este desafío de ser el pregonero de estas fiestas de Nuestra Señora de Fátima. Quiero que sepan que lo hago encantado y por dos razones principales: porque el oficio de preparar un pregón supone recuperar la memoria de un tiempo vivido, tarea que forma parte de mi nuevo cometido como Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida. Y porque en Pino Santo se encuentran las ramas paternas de mi árbol genealógico y, por tanto, me siento como en casa.
Adormecido entre laderas, con la espalda apoyada en Teror y la mirada puesta en el horizonte de Santa Brígida, Pino Santo comenzó a formarse a mediados del siglo XVI. El nombre que hoy lleva el lugar lo vemos ya citado, por el año de 1525, en el Archivo General de Simancas, a raíz de un pleito del deán de la Catedral de Gran Canaria con el escribano Juan de Ariñez sobre “el agua del barranco de Pino Santo”.
Por los viejos documentos sabemos también que uno de los primeros pobladores en establecerse en Pino Santo, gracias a la feracidad de esta tierra y la abundancia de aguas, (por este territorio transitaba el líquido que partía de Tejeda), fue la familia de doña Inés de la Coba Hernández (1581-1676). Al ser la única heredera de su acaudalado padre, el labrador Juan de la Coba Vivas, Alcalde Real de Santa Brígida en 1600, y aún de sus tíos solteros, doña Inés fue en su tiempo la dama más acaudalada de la comarca. Todas las tierras de Tasautejo concedidas a su abuelo, el regidor Bernardino de la Coba, habían revertido en ella. Aquí, en Pino Santo, tenía junto a su marido, Diego González Montero, su hacienda principal, con esclavos para su servicio y el duro trabajo de remover la tierra. En estas tierras no sólo se incluía las viñas y las cañas de azúcar sino también la huerta, arboleda, casa y cueva de los pobres campesinos, agua, lagar y un alpendre con sus reses y con unos becerros saltarines a la hora de la ordeñá.
Desde aquellos lejanos años y hasta tiempos muy recientes, la agricultura constituyó la fuente de riqueza de Pino Santo, decisiva para su desarrollo y su población. Pero la historia no ha sido sólo fruto de la naturaleza, sino del esfuerzo y sacrificio de muchas personas. Hasta hace apenas unas décadas, Pino Santo estaba “en el quinto pino”. La primera carretera comenzó a trazar su recorrido en 1964, siendo este barrio junto con El Gamonal los únicos pagos del municipio que a esa altura de siglo faltaban por comunicarse con el exterior. Qué trabajitos habían pasado las generaciones anteriores para atravesar aquellas veredas sólo aptas para peatones atrevidos y caballerías. En época de lluvias, cuando crecían los barrancos, los vecinos tenían que resignarse a permanecer en sus casas un buen número de días por carecer de puentes algunos de los barrancos que atraviesan dicho barrio. “Esta incomunicación”, aseguraba el Alcalde de Santa Brígida, Manuel Rodríguez Santana, en una carta remitida al Cabildo Insular, de mediados de 1926, “les acarrea grandes perjuicios: no pueden extraer sus productos agrícolas ni dedicarse a otros menesteres; y si algún habitante enferma, tienen que sufrir los familiares el horrible tormento de seguir todo el curso de la enfermedad sin que se pueda prestar asistencia facultativa, si es que no llega a morir por falta de auxilios médicos”.
Pino Santo Bajo se abría, al fin, al mundo moderno. Hasta entonces había conservado algunas costumbres campesinas hoy desaparecidas y buenos modales. Los pinosanteros sabían guardar las distancias, pero se ayudaban unos a otros en las tareas agrícolas, en la era, en la descamisada, en la recogida de papas o participando alegremente en los bailes de taifas que se organizaban en la casa o en la cueva. Aún no nos sobrecogían como hoy los egoísmos, las injusticias y las violencias. Cualquier descamisada era una auténtica fiesta campestre en Pino Santo. Para realizar esta faena de desnudar la piña de su envoltura y dejarla al rojo vivo, los agricultores más acomodados hacían una junta entre los labradores vecinos, gente joven y bullanguera, y en las noches de luna llena se reunían junto a la gran parva de piñas. Las muchachas se sentaban primero en el suelo y hacían hueco para que a su lado se sentaran los pretendientes de su predilección. Si alguna chica quería llamar la atención del muchacho que le gustaba le tiraba al descuido una piña. En muchas ocasiones, se veían por las veredas de Pino Santo a jóvenes campesinos de ambos sexos con las luces de los candiles y los faroles, camino de la finca de don Pedro Massieu, en Las Meleguinas, mientras a lo lejos ladraban los perros, inquietos por el bullicio.
«Tú no te metas conmigo, Mira que soy de la Vega Y me «Jecho» sobre ti Y te «jago» echar la lengua...
A veces las coplas las cantaba una muchacha que estaba enroñada con su novio y lo veía ahora con otra:
Si crees que tengo pena No tengo pena maldita; Que la mancha de la mora Con otra verde se quita...
En alguna que otra ocasión, las letras de los cantares eran mal intencionadas y ello daba lugar a que la descamisada terminara en una sonora reyerta. Al final, cuando la reunión estaba animada, se organizaba un baile en el gran patio de la casa rural o en la era, y se divertían al compás de isas y folías, mientras el millo, terso y encendido, quedaba extendido en el suelo a la espera de llevarlo al molino. Qué bella escena para recuperarla como fiesta, porque las descamisadas fueron una gran tradición en estas medianías. Y Pino Santo es una muestra de lo que son nuestras medianías. Tierras más bien arcillosas; cercados abancalados, paredes cimentadas al aire, casas salpicadas, aquí y allí, con gran profusión. Si La Atalaya trae el barro, Pino Santo Alto monta a caballo y Las Meleguinas bajaba al velero, ¿Por qué Pino Santo Bajo no pone en movimiento a la muchachada para recordar una descamisada?. Han formado parte de su esencia, de su espíritu festivo, de su patrimonio de cantares y decires. Pasaron los años, y en la medida en que al barrio se iban incorporando nuevas familias procedentes de distintos lugares, los nuevos vecinos van tomando conciencia de la necesidad de contar con una iglesia que evitara los largos y penosos desplazamientos hasta la parroquia de Santa Brígida. La inquietud y el esfuerzo de sus hijos hicieron posible un progreso continuo del barrio. La iniciativa vecinal, y el visto bueno del párroco don Francisco González Vega, (natural de Artenara y que llegó a la parroquia una vez acabada la guerra civil) hicieron que se celebrara por primera vez una misa en la vieja escuela de educación primaria. Pero la fe del pueblo, que dicen mueve montañas, debió remover las laderas de aquí, porque en torno a 1954, las vecinas, entre las que se encontraban, Angelita Benítez, las hermanas de Paquito Viera, Mariquita Hernández, entre otras, eligieron a la Virgen de Fátima para presidir espiritualmente este barrio. Una elección muy conveniente porque la santa tiene fama de milagrera. Algo que siempre viene bien, y más en los tiempos que corren. Hay que tener en cuenta que esta advocación mariana gozaba entonces de gran predicamento en la isla, pues los devotos de la vecina Vega de San Mateo también venían realizando unas fiestas esplendorosas desde que el pueblo adquirió la imagen en 1950.
En el verano de 1963 Pino Santo Alto concluyó la edificación de su iglesia en honor a la Virgen de la Salud y el nuevo colegio, gracias al terreno que había donado Juan Santana Expósito, conocido por Juan Rivero el de la Caldera, propietario de uno de los mayores ganados lanares de las medianías. Y quien, sin duda, influiría para que el párroco González permitiera dos iglesias en vez de una. Entretanto, la vieja escuela de Pino Santo Bajo, en la que inolvidables maestros como Francisco Ruano, Domingo Vega o el granadino Manuel Sánchez Vilches, enseñaron a los niños las primeras letras, cumplía también funciones religiosas. Entre ellas estaba celebrar misa, impartir la catequesis de preparación para la primera comunión, así como las primeras fiestas desde mediados de los años cincuenta. Para entonces, los de Pino Santo Bajo esperaban que la virgen de Fátima hiciera el milagro de que contar pronto con una casa.
Nada entonces se había construido en la antigua era donde se trillaba los cereales, salvo la pequeña casa de Manolito “el cojo”. La llegada de Nuestra Señora de Fátima al barrio y su colocación en la pequeña capilla marcó un antes y un después en el alma espiritual de Pino Santo Bajo. Naturalmente, los vecinos recobraron la esperanza de construir también aquí una iglesia. ¡Faltaría más!. Les sobraba orgullo, coraje, ambición. “¿A qué fuiste allá arriba si hay misa aquí abajo”, se le recriminaba al vecino que acudía hasta la ermita de Pino Santo Alto. Los del Bajo eran ya conscientes de su fuerza y de su propio destino. En las primeras fiestas de Fátima, la virgen se llevaba en procesión y en su recorrido los vecinos colocaban montículos de serrín para repartirlos por el camino y prenderles fuego con gasoil. Gran entusiasmo despertaban las carreras de caballos a través de la nueva pista de tierra hasta el viejo colegio, y también las peleas de carneros en lo alto de La Montañeta. Numerosos vecinos gritaban y apostaban mientras veían a los dos animales alejarse reculando, tomar ímpetu, precipitarse y chocar dándose un tremendo topetazo que resonaba en todo el valle. Hasta la vieja escuela acudía el cura don Francisco González Vega, vestido con su sotana negra, montado en caballo y precedido por un joven Ramoncito que iba recogerlo al pueblo tras bajar por Las Haciendas, cruzar el barranco, dejar a un lado la Cruz de Morales, enfilar el camino de Los Silos y subir la última cuesta hasta llegar bajo la torre oscura y cuadrada.
En medio del entusiasmo de aquellas primeras fiestas, crecía en la conciencia de los vecinos la necesidad de recaudar fondos para la construcción de un templo parroquial. A comienzos de 1968 se abrieron los cimientos de la iglesia, cuyos planos trazaría el arquitecto Juan Manuel Delgado gracias a las 50.000 pesetas recaudadas entre los residentes. Por su parte, el contratista Pedro García Benítez, ejecutaría las obras con varios de sus trabajadores, entre ellos Paco Viera y Enrique Quintero, vecino del Dragonal. Las obras de la nueva iglesia siguieron un ritmo rápido toda vez que los mismos vecinos ayudaron en sus horas libres. En este caso, los voluntarios acarreaban el material que Paco Martín traía en su camioneta, subiendo los bloques con las rondanas o trayendo el agua en cacharros del estanque de Pepito Martel, o de la antigua fuente de las Mimbreras, manantial del que hasta hace pocos años los vecinos se surtían y cuyo nombre hace alusión al mimbre. Para terminar la fábrica, se recogieron limosnas por todos los barrios, se hicieron hasta rifas de gallos y se realizaron grandes sacrificios entre todos los vecinos, que trabajaron de manera desinteresada cuando podían, ayudando a los obreros en su construcción, como el propio Ramoncito, Pedro Hernández, Felito el americano, cuyo padre tenía una tienda en el Lomo, Manuel Santana, Antoñito Suárez, así como muchos otros pinosanteros que, aunque sus nombres no aparezcan al frente de este pregón, por olvido o por desconocimiento, están escritos en el libro de la memoria colectiva.
(foto inglesia construcción) A la altura del mes de octubre de 1969, la estructura de la iglesia estaba acabada, a falta sólo de encalarla por fuera y ponerle la carpintería, según puede observarse en una imagen que inmortalizaría el fotógrafo Juan Castro y que hoy quiero regalarla a la asociación de vecinos. De los arreglos exteriores se encargarían los vecinos Ángel Santana Hernández, Emilio Rodríguez Benítez y Argelio Moreno. Todavía el piso de la nueva iglesia sería de picón, colocándose las primeras butacas, traídas del antiguo cine de Santa Brígida. Los pocos bancos existentes, no obstante, se reservaban para los grandes acontecimientos, como las bodas. Concluida la ermita se hizo una gran fiesta a la que acudió el nuevo párroco don Juan Socorro Gómez, natural de San Mateo, que poco después cesaría en el cargo para ser sustituido, a partir del 13 de enero de 1970, por el sacerdote Francisco Navarro Moreno. Poco después llegaría don Ramón Falcón Báez. Entretanto, se hacía realidad el sueño más espiritual de los vecinos. Era una noticia de gran trascendencia para la historia íntima de Pino Santo Bajo, porque la historia también se escribe en las casas, en los nuevos caminos que van trazando los contornos de este pueblo, y también en los deseos y sueños de quienes nos precedieron en la aventura diaria de vivir. La nueva iglesia no sólo fue decisiva para el desarrollo actual del barrio de Pino Santo Bajo, sino que actuó, además, como polo de atracción para que a su alrededor se extendiera el caserío que es hoy, aprovechando la nueva carretera y la facilidad del transporte de herramientas y material de construcción. Casi al unísono nacieron nuevas casas, como la de Manolo Santana, el del “bar las cabras”, la de Pepe Quintana el cumbrero, la vivienda de Fernando Rodríguez, la de Miguel Carrillo o la de Santiago Alonso, que la levantó antes de irse al cuartel, entonces albañil y hoy guardia municipal. Y así una tras otra.
Una década después, concretamente el 20 de mayo de 1977, los vecinos adquirieron con sus limosnas un Cristo en el taller de Santa Rufina, en Madrid, cuya cruz hizo Argelio Moreno con un antiguo y centenario madero que regaló la vecina Quintina Falcón Rivero. Y dos años más tarde, por octubre de 1979, llegaría del mismo taller madrileño la nueva imagen de Nuestra Señora de Fátima, que el vecino Fernando Rodríguez Medina pagó de su peculio. Fue el delirio cuando la virgen se puso en lo alto de la Montañeta; una fiesta por todo lo alto, en la que no faltaron los voladores, la música y vivas a su patrona. Ya en los ochenta llegaría el agua a domicilio, el asfaltado de la carretera, la luz, el primer teléfono que Paco Jiménez había pedido antes sin éxito, el teleclub y otros servicios y mejoras que harían la vida más placentera a los vecinos. En la actualidad, se abre una nueva etapa para el barrio, un proceso en los que los vecinos actuales tienen que ser una fuerza determinante para aprovechar los buenos vientos y tener un local digno donde reunirse. Un local social acorde con el medio que le rodea, en cuyo techo, ojalá, se cubran de tejas para que este pequeño caserío recobre el viejo y sencillo rostro campesino, su perfil más tradicional, como el que luce, aunque sin la distinción de entonces, las llamadas casas de los Suárez, cuyos descendientes donaron el terreno donde nos encontramos para que hoy celebremos aquí estas fiestas. ¿Es posible una contrapartida con las tres casas más antiguas de Pino Santo?. Al menos para salvar de la ruina este patrimonio material, de alto valor arquitectónico, que atesora la historia de este barrio y que es una muestra viva de ese sentido de la armonía y de lo natural que imperó aquí en otros tiempos. No hay que renunciar al progreso, pero debe haber una cultura local, un compromiso compartido, para saber elegir lo bueno y no lo más urgente, lo bello y no lo vulgar, de modo que conservemos y acrecentemos el carácter agrícola que siempre tuvo Pino Santo; no sólo porque es su esencia, su raíz, su seña de identidad, sino también porque ahora la agricultura y sus actividades conexas pueden ser, otra vez, una interesante actividad económica. Pino Santo ha mantenido ese encanto especial, relacionado con su tranquilidad, habitado por gente humilde y laboriosa que goza de calidad de vida, que en nada tiene que ver con la riqueza sino con la sencillez. Porque los pinosanteros han sido siempre gente noble, callada pero constante en la lucha, a pesar de las limitaciones y lejanía. La mejor definición del barrio satauteño que más cerca vive del cielo la dijo el otro día Ramoncito Torres en una entrevista que le hice en el patio de su casa. “Oiga, si usted tiene coche, Pino Santo es el mejor sitio para vivir”. Y si este abuelo de Pino Santo bajo lo dice, que por San Juan cumplirá los 93 años, será cierto, oiga. Así que a divertirse con moderación, porque a Pino Santo Bajo le queda mucho camino por andar y mucho baile del que salir airoso. ¡Felices fiestas a todos! |
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Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida
Todavía hoy, Ramoncito Torres Socorro, memoria viva del barrio de Pino Santo, recuerda que mi bisabuelo, Pancho Socorro Rodríguez (1877-1946), hombre de fuerte y potente voz, era la persona a la que recurrían para que diera cuenta de las noticias. El vozarrón de aquel agricultor, zapatero y cojo, resonaba en estas laderas cada vez que un vecino pasaba al otro barrio. “Que se ha muerto fulanito de tal, por si quieren dí a acompañar, y el que no quiera dí que se vaya al carajo y quien los manda”, decía con cierto retintín. El caso es que mi pariente, que procedía de la Vega de San Mateo y que se casó con la vecina Candelaria Viera Díaz, era como el pregonero de este lugar apartado, y hoy, paradójicamente, su biznieto pregona estas fiestas.
Antes de que llegaran los primeros conquistadores y colonos a estas tierras, cerca de este lugar, una virgen se había aparecido ya en un majestuoso pino, dicen que por 1484, lo que dio lugar que este barrio tan cercano adquiriera su nominación. Un prodigioso pino que fue tumbado por un tremendo temporal un fatídico lunes de Pascua de 1634, abril día 3, levantándose en su lugar la actual torre amarilla. El Pino de Teror fue el primer símbolo desaparecido de la naturaleza, cultura o religiosa de Gran Canaria. En los últimos años, desgraciadamente, hemos perdido otros referentes de nuestra identidad, como el pino de Pilancones. Ojalá nos dure muchos años un contemporáneo de aquel árbol, como es nuestro centenario drago de Pino Santo, que aún hoy se asoma milagrosamente al vacío, con más de 250 años de edad.
Probablemente esta importante hacienda fuera la misma que perteneciera después, en 1771, en pleno siglo XVIII, a la poderosa familia de don Bartolomé Martínez de Escobar y Coronado. Un gran vínculo que venía desde la Cruz de Morales, donde Eliseo Hernández tiene su casa, recorría el lugar donde hoy nos encontramos y se perdía en las fronteras de Teror. Por tal razón, aún hoy existe el topónimo Las Haciendas, que alude a aquel gran cortijo, conservándose hoy las antiguas casas de los Suárez, únicas testigos de aquel rico patrimonio de fincas, viviendas y bodegas.
La tristeza se apodera de cualquiera al leer estos testimonios de hace 80 años, cuando las comunicaciones eran un problema grave y las entrañas de la isla no sufrían el caos actual. Aunque a muchos les pareciera mentira, Pino Santo Bajo contó al fin con una pista de tierra, que partía desde el mismo puente de Las Meleguinas y que, siempre ascendente, terminó en Pino Santo Alto. Esta nueva carretera fue inaugurada el domingo 10 de julio de 1966 por el presidente del Cabildo Insular, Federico Díaz Bertrana; el gobernador civil, Alberto Fernández Galar; el Alcalde de Santa Brígida, Pedro Déniz Batista, entre otras autoridades. Por cierto, que esa tarde se casaron en la vieja sacristía de Pino Santo Bajo, José Barrios González y Milagros Pérez Galván. Los novios llegaron en un jeep decorado de hojas de palmas que había prestado Paco Jiménez, y cuya luz de cruce sirvió para alumbrar la feliz ceremonia.
Era una noche de sana alegría en la que todos iban a realizar una feliz y voluntaria tarea, recibiendo como único estipendio la esperanza de un posible amorío, según relatara el que fuera alcalde de Santa Brígida, Carlos Ramírez Suárez. El labrador anfitrión invitaba con bebidas de la tierra: vino y ron, para los hombres, y mistelas y anisados para las mujeres, todo ello acompañado de carne en adobo, carajacas, papas arrugadas, cochafisco y confituras diversas. En medio de esta faena, mientras iban quedando a un lado los montones de camisas, y al otro, las piñas granadas y rojizas, los tocadores de guitarras, laúdes y timples hacían sonar sus instrumentos y se cantaban coplas alusivas a los asistentes.
El párroco instó a todos los vecinos a unirse y colaborar para que se pudiera construir una iglesia, consciente de la lejanía y el aumento de feligreses en estos pagos. En un primer momento se pensó en realizar una iglesia en un terreno de Lomo Carrión que sirviera de casa de oración, tanto a los vecinos de Pino Santo Alto como a los residentes en el Bajo. Pero poco después, los vecinos de la zona alta, con mayores influencias, consideraron que la ermita debía de estar en su barrio. A pesar de los esfuerzos para lograr un acuerdo mayoritario, los de Pino Santo Alto “no querían aflojar ni un punto”, recuerda Ramoncito. De hecho, ni siquiera se presentaron a una reunión que iba a celebrarse en el barranquillo Los Pérez y en la que se decidiría el lugar elegido para construir la iglesia, dejando solos y compuestos a la comisión vecinal de Pino Santo Bajo, formada por una decenas de vecinos entre los que se encontraban Ramoncito, Pedro Garcia, Francisco Viera Torres, Elías Moreno, Juan Marrero y Agustín Socorro. Aquello les hirió el orgullo, desatando una cierta rivalidad en este valle y levantando más de una ceja.
Al no haber iglesia en el barrio, la imagen se custodió en la vieja escuela, propiedad del vecino don Antonio Benítez, y poco después fue llevada a la casa de Rafaelito Hernández, hasta que se puso en la pequeña sacristía que lograron fabricar en la era de la Montañeta. Un terreno que había cedido, por el verano de 1950, la familia del acaudalado labrador Salvador Suárez Naranjo que hoy da nombre a esta plaza. Un inolvidable vecino, con muchas propiedades en la zona, que en los años veinte fue elegido regidor síndico del Ayuntamiento y que, uno de sus hijos, Juan Suárez, también sería concejal por este barrio.
El párroco llegaba desde el jueves por la tarde al barrio de Pino Santo Bajo y no regresaba al pueblo hasta el domingo al mediodía. Para que estuviera bien servido, las vecinas Amalia Santana Hernández, Juana Sosa o Dorotea Socorro, se encargaban de preparar las mejores comidas al cura, hospedándose éste en una de las habitaciones de la escuela y más tarde en la casa del mencionado Rafaelito Hernández. Llegado el momento de la partida, el párroco regresaba a su parroquia con las alforjas cargadas de frutas y verduras que le regalaban los devotos vecinos. (Vean de donde viene el dicho de vivir mejor que un cura).
Una vez terminadas las cuatro paredes de la ermita, quedó pendiente echar el techo, de bóveda, hecho con ladrillos colorados por el maestro albañil Manuel Hernández Socorro, más conocido como Manuel el talayero, quien, por cierto, a punto estuvo de dejar aquí la vida, pues un mal día, mientras colocaba las medias lunas de la fachada y la pared del poniente, se le fue la soga y cayó al vacío. Tuvo la suerte de estar amarrado y se quedó colgado. Durante dos meses la obra estuvo parada hasta la feliz recuperación del talayero, quien recuerda que la primera guagua que entró al barrio fue en 1975 y la condujo Juan Sixto al objeto de recoger a los vecinos que acudieron al entierro de la madre del talayero. Porque Pino Santo, entre muchas de sus virtudes, posee la de ser el barrio que más acompaña en ese último viaje. Y no hace falta que esté mi bisabuelo para recordárselo.
La familia pinosantera se iba agrandando a la sombra de la iglesia. La trama urbana de Pino Santo Bajo crecía en esa década rápidamente, de dentro hacia fuera, como un organismo vivo. Antes de encalarse la iglesia ya se había edificado también el nuevo colegio y la casa del maestro, sobre los restos del cortijo de Las Haciendas. 









