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La Aljorra: Historia festiva de una maldición. (I) San Mateo

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Friday, 19 de June de 2009

La Aljorra: Historia festiva de una maldición. (I)


Miércoles, 10 de Junio de 2009
Autor: Pedro Socorro (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)

Hace varios siglos, cuando los medios técnicos para combatir las múltiples plagas de langostas, cigarras, alhorra, etcétera, eran escasos, ineficaces o nulos, a los vecinos de la Vega de San Mateo no les quedaba más remedio que invocar la clemencia divina y ponerse a rezar. Así surgió una fiesta votiva relacionada con las tareas agrícolas, conocida luego como La Aljorra, en honor al santo protector de sus campos, San Mateo, cuyos ecos aún se recuerdan con gran solera en este municipio, pero de la que hoy día sólo queda cierta devoción desvaída, aparte de los testimonios históricos sobre los males de aquel tizón que, de forma recurrente, azotaba las cosechas de cereales.


Durante varias centurias unos insectos conocidos en Cuba y Canarias por Aljorra, muy pequeños y de color oscuro, asolaban las huertas y sembrados de la Vega de San Mateo, en los que se cosechaba gran cantidad de pan (trigo). Un mal que llegaba por el aire y trastornaba a la comunidad rural pues de la tierra dependía su subsistencia diaria. El pueblo, movilizado, luchaba contra la Alhorra, cual plaga bíblica que acababa con todo verdor.

De aquello quedaban unos campos asolados, una ruina agrícola, y un notable impacto sobre la población que reavivaban el drama del hambre y la emigración. A los vecinos no les quedaba entonces más remedio antaño que organizar rogativas para pedir al cielo que abriera sus compuertas. Porque en la mentalidad religiosa del hombre del Antiguo Régimen tales desgracias son algo más que accidentes naturales: son la respuesta, en forma de castigo, de la Divinidad ante nuestros pecados. Por ello no es de extrañar que el cabildo Catedral pidiera a los curas de la ciudad, a fines de 1645, que salgan por esos campos a expeler la langosta con exorcismo. Lo religioso es, sin duda, lo que más caracteriza a aquella sociedad, incluso hasta nuestros días: no digamos en aquel siglo. Así surgió una fiesta con carácter votivo, como rogatoria para instar la terminación de aquellas plagas de alhorra que asolaban los cultivos que los agricultores cuidaban con mucho mimo.

La referencia más antigua sobre el origen de estas fiestas la encontramos en una petición realizada por un grupo de labradores de la Isla al Cabildo Catedral en agosto de 1536, cuando una plaga de alhorra y un gusano afectaban a los cereales, a las cañas de azúcar y a los árboles frutales. Ese verano varios importantes cargos eclesiásticos se reunieron en Las Palmas y acordaron elegir al azar a un santo al que elevar rogativas, comprometiéndose a honrarlo y a erigirle incluso un templo.

Habían dado los labradores un memorial pidiendo al Cabildo señalase algún Santo para implorar su patrocinio, a fin de que Dios quitase la plaga de Alhorra que afligía casi todos los años los sembrados, el gusano que consumía las cañas de azúcar, y la mangla de los árboles. El Cabildo dispuso que se congregase el pueblo en la Santa Iglesia el domingo 30 de julio, y todos convinieron en que se sacase un santo por suertes. Estas se echaron el domingo inmediato que era el 6 de agosto, en celudillas que contenían todos los santos de la letanía y del calendario; y se sacó del cofrecito la cédula con los Santos de Justo y Pastor, lo que ocasionó grande alborozo, porque al día siguiente era el propio de la fiesta de los santos referidos. Así, acordó el Cabildo que de allí en adelante se solemnizase en Canaria el 7 de agosto con rito de segunda dignidad, y que se enviase a Alcalá de Henares para el rezo propio; concediendo, además, en fuerza de sus privilegios episcopales sede vacante, cuarenta días de perdón a los que visitasen su casa, y ofreciesen limosnas, y decretando que dicho día fuese de guardar, etc.


Puesto que la ceremonia tuvo lugar el día seis de agosto, víspera de la festividad de esos dos mártires San Justo y San Pastor, el hecho fue tenido por milagroso, celebrándose con toda solemnidad y acordándose que en lo sucesivo fueran venerados en todas las iglesias de Gran Canaria. En cumplimiento de la promesa realizada se erigió una ermita bajo la advocación de los santos, iniciativa que se complementó en 1558, gracias a las gestiones de los canónigos Juan Castillo y el licenciado Cervantes, con una procesión y una misa propias.

La primitiva fábrica de la ermita construida en la Ciudad Real de Las Palmas no debía de ser de gran calidad, puesto que ya en 1593 hubo de ser reparada, no quedando hoy ningún rastro de ella. A partir de entonces fueron varias las ocasiones en las que los habitantes recurrieron a la intercesión de los Santos Niños en su condición de protectores del campo, normalmente acompañando a la patrona, la Virgen del Pino, en sus afamadas bajadas a la ciudad, y a las imágenes de otros santos.

Desde estos fundamentos no es de extrañar, por tanto, que la Vega de San Mateo hiciera suya la fiesta de la Alhorra celebrándose ésta bajo la advocación de su santo protector, probablemente a partir de la construcción de la ermita que se levantó en torno a 1651, -diecisiete años después de aquella petición-. El pueblo vivía un momento de esplendor, pues crecía en cultivos y en almas, sustentado al gran florecimiento de plantíos de cereales en su feraz vega, cuyo riego se garantizaba con el heredamiento de las aguas del manantial de Los Chorros y la fuente de la Higuera.

Lo lógico es que los patronos fundadores (Luis Martel, Salvador Báez, Pedro de Vega, y otros labradores) al consagrar la primera ermita tomaran como modelo una advocación que les fuera familiar para presidir espiritualmente la “Vega de Arriba”, como ya empezaba a ser conocido este pago importante del Lugar de la Vega. Un santo cuyas virtudes se purificara con el trabajo del campo. El apóstol San Mateo, el Leví del Evangelio, gozaba de justa fama en las antiguas biografías como protector de las cosechas, abogado de las sequías y paladín contra las plagas de langostas.





Evidentemente, la importancia cerealista de la Vega, que ya en 1645 contaba con un molino para triturar el grano, y la periódica visita de aquellos insectos que tiznaban los cereales, facilitaron aquella predilección por el apóstol, cuya onomástica se celebraba en septiembre, con el comienzo de la siembra.

No cabe duda que los vegueros conocían muy bien los daños causados por la alhorra y las langostas. Era un problema permanente, pues apenas ocho años después de edificarse la ermita de San Mateo, tuvieron que luchar contra una nueva plaga de langostas, que los miembros del Cabildo Catedral hacen constar en su reunión del 31 de diciembre de 1659. Estos últimos meses del año fueron de gran calamidad por la gran plaga de langosta y falta de lluvias. Se trajo a la ciudad a Nuestra Señora del Pino.

Todos estos antecedentes motivaron que los vecinos de la Vega de Arriba ofrecieran a su patrono recién llegado celebrar una fiesta anual para que les librasen de tan dañinos insectos. Estos festejos pasaron a denominarse la Alhorra -voz deformada con posterioridad por los lugareños como la Aljorra-, como también se le conoce en Cuba, en memoria de esa plaga que les manchaba el trigo, pero que se vio extirpada por la milagrosa intercesión del santo. El problema es que las tres fiestas que ya se celebraban en la prehispánica Tinamar desde la construcción de su ermita (San Mateo, Santa Ana y la Alhorra) tenían un poco estresado al párroco de La Vega al tener tanto trabajo. Ello dio lugar a una sentencia recaída en 1736 tras un largo pleito sobre los derechos de la fiesta de San Mateo, en la que se aclaraba el sueldo, y las dietas que debía cobrar el párroco del Lugar de la Vega por estas celebraciones. Un convenio colectivo a la vieja usanza.

Todo esto sucede en un momento en que los intereses de los regidores de la parroquia, con el poderoso párroco Diego Fernández de Vega al frente, y los del mayordomo de ermita de San Mateo Apóstol, Joseph Rodríguez de Vega, vuelven a entran en colisión, puesto que los vecinos de la Vega de Arriba desean oír la misa en su templo, ahorrándose las largas caminatas hasta la vieja parroquia, para fastidio del párroco del Lugar de la Vega que ya nota de menos las limosnas en los cepillos. En verdad, en pleno siglo XVIII San Mateo, la Vega de las aguas y las ferias de ganado, era ya consciente de su propia grandeza, aunque esta antigua ambición debió esperar una centuria más.

El dilema encontró solución jurídicamente pagándole un salario de sesenta reales al cura por celebrar misa en la ermita de San Mateo durante estas tres fiestas, tal como consta en la documentación que sigue, conservada en el Archivo Histórico Parroquial de la Villa de Santa Brígida.

En Canaria, en veinte y ocho de mayo, año de mil setecientos treinta y seis, su merced el señor gobernador provisor y vicario general de este Obispado de Canarias, en vista de estos autos de Joseph Rodríguez, mayordomo de la ermita de San Mateo Apóstol, con don Diego Fernández de Vega, vigente cura de la Parroquial de lugar de la Vega sobre el salario que se ha de dar a dicho vigente cura y sus ministros por la asistencia a las fiestas de dicho Santo Apóstol, Santa Ana y la que dicen de la Alhorra, estando conclusa, y citada la parte de dicho cura y los estrados en rebeldía de dicho mayordomo para su determinación definitiva. Dijo, en atención a lo que de los autos y sus méritos resulta, mandaba y mandó se guarde el estilo y costumbre de dar al curato de dicho lugar de la Vega, sesenta reales por las expresadas fiestas de San Mateo, Santa Ana y Alhorra, no dando de comer al párroco y sus ministros en aquellos días, y se le ejecutaren como es correspondiente a su grado y oficio, llevara dicho cura solamente veinte y ocho reales por dichas fiestas; y asimismo declaraba y declaró que en caso de no haber priostes de dichas fiestas y que no se celebren con fuegos, loas, ni otros festejos extraordinarios, dicho cura llevará solamente dichos veinte y ocho reales de dicho mayordomo y lo cumpla dicho vigente cura y mayordomo respectivo en virtud de santa obediencia, y con apercibimiento. Y por este auto, definitivamente juzgando así lo proveyó y mandó sin costas, y lo firmó, de que doy fe don Manrique. Ante mí, Juan Manuel Navarro, notario público.

Aclarado los aspectos económicos, los primitivos habitantes de la Vega de San Mateo continuaron recurriendo al santo en piadosa intercesión para que aplacase los males que azotaban a sus campos, realizándose multitudinarias procesiones hasta la parroquia de Santa Brígida (1762 y 1767) por falta de agua o plagas de langostas y cigarras que se comían las siembras y los campos de millo, dejando sin panes y gofio a los habitantes y sin pastos a la notable ganadería, cuyas reses convertían la feria dominical en la más importante de la Isla. La feria suponía una fuente de ingresos de primer orden para San Mateo, aunque no siempre la participación era del agrado general.

La especial protección de San Mateo sobre los cultivos de la Vega queda demostrada en un escrito del párroco de Santa Brígida, Mateo de Ojeda y Rodríguez, hijo y honra de este lugar, pues fue quien puso en obra la actual torre campanario a mediados del siglo XVIII.

En dicho año de 1762, días antes de que llevase a nuestra Patrona a acompañar la Santa Imagen del Pino a la ciudad, se trajo a esta iglesia en procesión la imagen de nuestro protector San Mateo. Se hizo altar en que se pusieron juntamente los de Nuestro Señor Crucificado, la de Nuestra Señora del Rosario y otras, y se hizo un novenario de Misas Cantadas y rogativas, con función última en acción de gracias; y aunque en todas las necesidades que se han ofrecido en este lugar y que se ha valido de esta diligencia para con nuestro Santo se ha experimentado su favor, fue este año con más evidencia porque siendo las necesidades la falta de agua y plaga de langosta (o cigarra) que había en lo alto de este territorio, al siguiente que se trajo como se ha dicho la imagen de San Mateo, comenzó a llover abundantemente y prosiguió muchos días, y al mismo tiempo oprimida con la lluvia la multitud de langosta, pereció antes de crecer, cesando totalmente el daño que amenazaba, y juntamente la propagación de ella, porque en la parte que más había se quedaron muertas las langostas, con que se remediaron ambas necesidades, y se puede tener por beneficio muy señalado y memorable, para que en las calamidades se valga este lugar del Patrocinio de nuestro Santo, acompañando las disposiciones espirituales, seguros de que conseguirán el remedio.

Entretanto, los granos (trigo y cebada) ganan terreno con los años, debido sin duda a la demanda y a las necesidades de la creciente población de la Vega de Arriba, con numerosos molinos repartidos por su territorio. De hecho, sabemos de la existencia de un molino de pan en 1672, propiedad de Juan Rodríguez Cobrador y su esposa, Francisca Gil. Años más tarde, ya a fines del siglo XVIII, la vega de San Mateo producía unas 4.000 fanegadas de millo, según las estadísticas de las Islas Canarias de Escolar y Serrano (1793-1806).

Todos los testimonios se hacen eco de la riqueza agrícola propia de una fértil vega. Sobre esta agricultura, al igual que sobre la población, se cernía las condiciones climatológicas, pues el agua –su ausencia o presencia- afectaba antaño como hoy a las cosechas ligando al mundo económico con el espiritual a través de rogativas y procesiones. Hay que tener en cuenta, además, que el clero, sin olvidar a los conventos, eran dueños de fincas o haciendas que solían explotar indirectamente a través de arrendatarios.

Por tanto, las solicitudes de auxilio espiritual se mantuvieron en pleno siglo XIX, una época en la que a las dificultades económicas se unieron epidemias (fiebre amarilla, cólera morbo) y largos periodos de malas cosechas y falta de lluvias. El millo comenzó a escasear en los primeros días del verano de 1855 y los fuertes aguaceros y vientos de finales del otoño y comienzos del invierno serían desastrosos. La sequía y el ataque de la alhorra, más las ventoleras y las puntuales invasiones de la cigarra, dañaron enormemente también a los cultivos en 1856, como puede leerse en el periódico el Ómnibus.

Por ello, otra vez, el 10 de marzo de 1878, el Ayuntamiento decide celebrar un novenario de misas y rogativas a su patrón, llevándole en procesión hasta el vecino pueblo de Santa Brígida, ante la pertinaz sequía que hace tiempo se deja sentir por la falta de lluvias de modo que todos los sembrados amenazan el inminente peligro de perderse y quedar el pueblo reducido a una espantosa miseria; y siendo el caso de implorar la misericordia de Dios para que remedie tamaño mal, se acordó excitar al venerable párroco a efecto de poner en novenario al Patrono San Mateo.

El milagro debió surgir, pues a las pocas fechas se quejaban de las lluvias torrenciales que destrozaban los cultivos. Otro ejemplo de estas “solicitudes de auxilio” la encontramos el 20 de marzo de 1897, cuando el acalde accidental de San Mateo, Antonio Gil, pide al Obispo poner en novenario a San Mateo con la consecuente procesión hasta el pago de La Lechuza, “por ser el lugar más céntrico para todos”, para que provocara la llegada de lluvias, “sin la cual el hambre se presenta con horrible amistad”, según consta en un escrito que se conserva en el Archivo Histórico Diocesano.

La festividad de la Aljorra se celebraba desde sus inicios el segundo domingo de mayo. Es muy significativo el hecho de que su festividad coincidiera con el día de Pascua de San Petencostes (ritual de la ofrenda de la primera cosecha), en cuyas celebraciones se entremezclan los ritos agrarios con el culto a los muertos: agricultura y muerte.

Mayo es el mes de ver madurar la cosecha. Según la leyenda cristiana, el día de Pentecostés era celebrado por todos los judíos y era la ocasión en la cual se efectuaba "la ofrenda de la primera gavilla" a la que antiguamente se le había llamado "ofrenda de las primicias". Esta ofrenda consistía en ofrecer una gavilla de cebada de la primera recolección que se hacía en el año y significaba el reconocimiento del poder y el amor del Señor. Era la expresión supersticiosa ante los misterios de la naturaleza en medio de comunidades que dependían para vida y muerte de la agricultura. El culto a la madre tierra.

El Ayuntamiento de San Mateo decidió, en 1886, el traslado de estas fiestas votivas que venía celebrando asiduamente al último domingo del mes de mayo para evitar la competencia y perjuicios que a su feria de ganado ocasionaban otras fiestas celebradas en los pueblos cercanos, como Teror y Valleseco. El acuerdo del Ayuntamiento fue recogido en las páginas del periódico El Liberal, en su edición del martes 11 de mayo de ese año, de este modo.





De San Mateo nos escriben que por acuerdo de aquel ayuntamiento se transfiere al último domingo de mayo de cada año la festividad de la Aljorra, que en el de Petencostés se ha venido celebrando en honor del patrono del pueblo, toda vez que en ese día y el siguiente se verifican otras en pueblos inmediatos, por cuya causa no puede tener aquella la ostentación deseada, ni ser grande la concurrencia de forasteros a la feria, con lo cual se originaban perjuicios para dicha localidad.

La fecha elegida para la celebración de esta festividad está también conectada con las labores agrícolas de la segunda siembra del millo. Aprovechando la mejoría del tiempo se inician las labores agrícolas necesarias para depositar las simientes en la tierra a comienzos de junio. Había que echar mano de la ayuda divina, puesto que la vida retornaba gradualmente a los campos y a los cultivos, en cuyas tareas agrícolas participaban tanto los hombres como las mujeres.

Pero la lucha contra la invasión de plagas en esa época no debió ser suficiente o efectiva, pues dos años después reapareció la Aljorra. Las consecuencias fueron tan graves que los campos de cereales de las islas quedaron arrasados. La enfermedad de la Alhorra ha causado estragos en los sembrados de Fuerteventura. Algo tenemos también de esta plaga en Lanzarote que ha aminorado la cosecha de cereales, informaba la revista de Las Palmas, el 21 de abril de 1888.

La Aljorra: Historia festiva de una maldición. (I) Rev. Nº 265

Miércoles, 10 de Junio de 2009
Autor: Pedro Socorro (Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida)

Hace varios siglos, cuando los medios técnicos para combatir las múltiples plagas de langostas, cigarras, alhorra, etcétera, eran escasos, ineficaces o nulos, a los vecinos de la Vega de San Mateo no les quedaba más remedio que invocar la clemencia divina y ponerse a rezar. Así surgió una fiesta votiva relacionada con las tareas agrícolas, conocida luego como La Aljorra, en honor al santo protector de sus campos, San Mateo, cuyos ecos aún se recuerdan con gran solera en este municipio, pero de la que hoy día sólo queda cierta devoción desvaída, aparte de los testimonios históricos sobre los males de aquel tizón que, de forma recurrente, azotaba las cosechas de cereales.


Durante varias centurias unos insectos conocidos en Cuba y Canarias por Aljorra, muy pequeños y de color oscuro, asolaban las huertas y sembrados de la Vega de San Mateo, en los que se cosechaba gran cantidad de pan (trigo). Un mal que llegaba por el aire y trastornaba a la comunidad rural pues de la tierra dependía su subsistencia diaria. El pueblo, movilizado, luchaba contra la Alhorra, cual plaga bíblica que acababa con todo verdor.

De aquello quedaban unos campos asolados, una ruina agrícola, y un notable impacto sobre la población que reavivaban el drama del hambre y la emigración. A los vecinos no les quedaba entonces más remedio antaño que organizar rogativas para pedir al cielo que abriera sus compuertas. Porque en la mentalidad religiosa del hombre del Antiguo Régimen tales desgracias son algo más que accidentes naturales: son la respuesta, en forma de castigo, de la Divinidad ante nuestros pecados. Por ello no es de extrañar que el cabildo Catedral pidiera a los curas de la ciudad, a fines de 1645, que salgan por esos campos a expeler la langosta con exorcismo. Lo religioso es, sin duda, lo que más caracteriza a aquella sociedad, incluso hasta nuestros días: no digamos en aquel siglo. Así surgió una fiesta con carácter votivo, como rogatoria para instar la terminación de aquellas plagas de alhorra que asolaban los cultivos que los agricultores cuidaban con mucho mimo.

La referencia más antigua sobre el origen de estas fiestas la encontramos en una petición realizada por un grupo de labradores de la Isla al Cabildo Catedral en agosto de 1536, cuando una plaga de alhorra y un gusano afectaban a los cereales, a las cañas de azúcar y a los árboles frutales. Ese verano varios importantes cargos eclesiásticos se reunieron en Las Palmas y acordaron elegir al azar a un santo al que elevar rogativas, comprometiéndose a honrarlo y a erigirle incluso un templo.

Habían dado los labradores un memorial pidiendo al Cabildo señalase algún Santo para implorar su patrocinio, a fin de que Dios quitase la plaga de Alhorra que afligía casi todos los años los sembrados, el gusano que consumía las cañas de azúcar, y la mangla de los árboles. El Cabildo dispuso que se congregase el pueblo en la Santa Iglesia el domingo 30 de julio, y todos convinieron en que se sacase un santo por suertes. Estas se echaron el domingo inmediato que era el 6 de agosto, en celudillas que contenían todos los santos de la letanía y del calendario; y se sacó del cofrecito la cédula con los Santos de Justo y Pastor, lo que ocasionó grande alborozo, porque al día siguiente era el propio de la fiesta de los santos referidos. Así, acordó el Cabildo que de allí en adelante se solemnizase en Canaria el 7 de agosto con rito de segunda dignidad, y que se enviase a Alcalá de Henares para el rezo propio; concediendo, además, en fuerza de sus privilegios episcopales sede vacante, cuarenta días de perdón a los que visitasen su casa, y ofreciesen limosnas, y decretando que dicho día fuese de guardar, etc.


Puesto que la ceremonia tuvo lugar el día seis de agosto, víspera de la festividad de esos dos mártires San Justo y San Pastor, el hecho fue tenido por milagroso, celebrándose con toda solemnidad y acordándose que en lo sucesivo fueran venerados en todas las iglesias de Gran Canaria. En cumplimiento de la promesa realizada se erigió una ermita bajo la advocación de los santos, iniciativa que se complementó en 1558, gracias a las gestiones de los canónigos Juan Castillo y el licenciado Cervantes, con una procesión y una misa propias.

La primitiva fábrica de la ermita construida en la Ciudad Real de Las Palmas no debía de ser de gran calidad, puesto que ya en 1593 hubo de ser reparada, no quedando hoy ningún rastro de ella. A partir de entonces fueron varias las ocasiones en las que los habitantes recurrieron a la intercesión de los Santos Niños en su condición de protectores del campo, normalmente acompañando a la patrona, la Virgen del Pino, en sus afamadas bajadas a la ciudad, y a las imágenes de otros santos.

Desde estos fundamentos no es de extrañar, por tanto, que la Vega de San Mateo hiciera suya la fiesta de la Alhorra celebrándose ésta bajo la advocación de su santo protector, probablemente a partir de la construcción de la ermita que se levantó en torno a 1651, -diecisiete años después de aquella petición-. El pueblo vivía un momento de esplendor, pues crecía en cultivos y en almas, sustentado al gran florecimiento de plantíos de cereales en su feraz vega, cuyo riego se garantizaba con el heredamiento de las aguas del manantial de Los Chorros y la fuente de la Higuera.

Lo lógico es que los patronos fundadores (Luis Martel, Salvador Báez, Pedro de Vega, y otros labradores) al consagrar la primera ermita tomaran como modelo una advocación que les fuera familiar para presidir espiritualmente la “Vega de Arriba”, como ya empezaba a ser conocido este pago importante del Lugar de la Vega. Un santo cuyas virtudes se purificara con el trabajo del campo. El apóstol San Mateo, el Leví del Evangelio, gozaba de justa fama en las antiguas biografías como protector de las cosechas, abogado de las sequías y paladín contra las plagas de langostas.





Evidentemente, la importancia cerealista de la Vega, que ya en 1645 contaba con un molino para triturar el grano, y la periódica visita de aquellos insectos que tiznaban los cereales, facilitaron aquella predilección por el apóstol, cuya onomástica se celebraba en septiembre, con el comienzo de la siembra.

No cabe duda que los vegueros conocían muy bien los daños causados por la alhorra y las langostas. Era un problema permanente, pues apenas ocho años después de edificarse la ermita de San Mateo, tuvieron que luchar contra una nueva plaga de langostas, que los miembros del Cabildo Catedral hacen constar en su reunión del 31 de diciembre de 1659. Estos últimos meses del año fueron de gran calamidad por la gran plaga de langosta y falta de lluvias. Se trajo a la ciudad a Nuestra Señora del Pino.

Todos estos antecedentes motivaron que los vecinos de la Vega de Arriba ofrecieran a su patrono recién llegado celebrar una fiesta anual para que les librasen de tan dañinos insectos. Estos festejos pasaron a denominarse la Alhorra -voz deformada con posterioridad por los lugareños como la Aljorra-, como también se le conoce en Cuba, en memoria de esa plaga que les manchaba el trigo, pero que se vio extirpada por la milagrosa intercesión del santo. El problema es que las tres fiestas que ya se celebraban en la prehispánica Tinamar desde la construcción de su ermita (San Mateo, Santa Ana y la Alhorra) tenían un poco estresado al párroco de La Vega al tener tanto trabajo. Ello dio lugar a una sentencia recaída en 1736 tras un largo pleito sobre los derechos de la fiesta de San Mateo, en la que se aclaraba el sueldo, y las dietas que debía cobrar el párroco del Lugar de la Vega por estas celebraciones. Un convenio colectivo a la vieja usanza.

Todo esto sucede en un momento en que los intereses de los regidores de la parroquia, con el poderoso párroco Diego Fernández de Vega al frente, y los del mayordomo de ermita de San Mateo Apóstol, Joseph Rodríguez de Vega, vuelven a entran en colisión, puesto que los vecinos de la Vega de Arriba desean oír la misa en su templo, ahorrándose las largas caminatas hasta la vieja parroquia, para fastidio del párroco del Lugar de la Vega que ya nota de menos las limosnas en los cepillos. En verdad, en pleno siglo XVIII San Mateo, la Vega de las aguas y las ferias de ganado, era ya consciente de su propia grandeza, aunque esta antigua ambición debió esperar una centuria más.

El dilema encontró solución jurídicamente pagándole un salario de sesenta reales al cura por celebrar misa en la ermita de San Mateo durante estas tres fiestas, tal como consta en la documentación que sigue, conservada en el Archivo Histórico Parroquial de la Villa de Santa Brígida.

En Canaria, en veinte y ocho de mayo, año de mil setecientos treinta y seis, su merced el señor gobernador provisor y vicario general de este Obispado de Canarias, en vista de estos autos de Joseph Rodríguez, mayordomo de la ermita de San Mateo Apóstol, con don Diego Fernández de Vega, vigente cura de la Parroquial de lugar de la Vega sobre el salario que se ha de dar a dicho vigente cura y sus ministros por la asistencia a las fiestas de dicho Santo Apóstol, Santa Ana y la que dicen de la Alhorra, estando conclusa, y citada la parte de dicho cura y los estrados en rebeldía de dicho mayordomo para su determinación definitiva. Dijo, en atención a lo que de los autos y sus méritos resulta, mandaba y mandó se guarde el estilo y costumbre de dar al curato de dicho lugar de la Vega, sesenta reales por las expresadas fiestas de San Mateo, Santa Ana y Alhorra, no dando de comer al párroco y sus ministros en aquellos días, y se le ejecutaren como es correspondiente a su grado y oficio, llevara dicho cura solamente veinte y ocho reales por dichas fiestas; y asimismo declaraba y declaró que en caso de no haber priostes de dichas fiestas y que no se celebren con fuegos, loas, ni otros festejos extraordinarios, dicho cura llevará solamente dichos veinte y ocho reales de dicho mayordomo y lo cumpla dicho vigente cura y mayordomo respectivo en virtud de santa obediencia, y con apercibimiento. Y por este auto, definitivamente juzgando así lo proveyó y mandó sin costas, y lo firmó, de que doy fe don Manrique. Ante mí, Juan Manuel Navarro, notario público.

Aclarado los aspectos económicos, los primitivos habitantes de la Vega de San Mateo continuaron recurriendo al santo en piadosa intercesión para que aplacase los males que azotaban a sus campos, realizándose multitudinarias procesiones hasta la parroquia de Santa Brígida (1762 y 1767) por falta de agua o plagas de langostas y cigarras que se comían las siembras y los campos de millo, dejando sin panes y gofio a los habitantes y sin pastos a la notable ganadería, cuyas reses convertían la feria dominical en la más importante de la Isla. La feria suponía una fuente de ingresos de primer orden para San Mateo, aunque no siempre la participación era del agrado general.

La especial protección de San Mateo sobre los cultivos de la Vega queda demostrada en un escrito del párroco de Santa Brígida, Mateo de Ojeda y Rodríguez, hijo y honra de este lugar, pues fue quien puso en obra la actual torre campanario a mediados del siglo XVIII.

En dicho año de 1762, días antes de que llevase a nuestra Patrona a acompañar la Santa Imagen del Pino a la ciudad, se trajo a esta iglesia en procesión la imagen de nuestro protector San Mateo. Se hizo altar en que se pusieron juntamente los de Nuestro Señor Crucificado, la de Nuestra Señora del Rosario y otras, y se hizo un novenario de Misas Cantadas y rogativas, con función última en acción de gracias; y aunque en todas las necesidades que se han ofrecido en este lugar y que se ha valido de esta diligencia para con nuestro Santo se ha experimentado su favor, fue este año con más evidencia porque siendo las necesidades la falta de agua y plaga de langosta (o cigarra) que había en lo alto de este territorio, al siguiente que se trajo como se ha dicho la imagen de San Mateo, comenzó a llover abundantemente y prosiguió muchos días, y al mismo tiempo oprimida con la lluvia la multitud de langosta, pereció antes de crecer, cesando totalmente el daño que amenazaba, y juntamente la propagación de ella, porque en la parte que más había se quedaron muertas las langostas, con que se remediaron ambas necesidades, y se puede tener por beneficio muy señalado y memorable, para que en las calamidades se valga este lugar del Patrocinio de nuestro Santo, acompañando las disposiciones espirituales, seguros de que conseguirán el remedio.

Entretanto, los granos (trigo y cebada) ganan terreno con los años, debido sin duda a la demanda y a las necesidades de la creciente población de la Vega de Arriba, con numerosos molinos repartidos por su territorio. De hecho, sabemos de la existencia de un molino de pan en 1672, propiedad de Juan Rodríguez Cobrador y su esposa, Francisca Gil. Años más tarde, ya a fines del siglo XVIII, la vega de San Mateo producía unas 4.000 fanegadas de millo, según las estadísticas de las Islas Canarias de Escolar y Serrano (1793-1806).

Todos los testimonios se hacen eco de la riqueza agrícola propia de una fértil vega. Sobre esta agricultura, al igual que sobre la población, se cernía las condiciones climatológicas, pues el agua –su ausencia o presencia- afectaba antaño como hoy a las cosechas ligando al mundo económico con el espiritual a través de rogativas y procesiones. Hay que tener en cuenta, además, que el clero, sin olvidar a los conventos, eran dueños de fincas o haciendas que solían explotar indirectamente a través de arrendatarios.

Por tanto, las solicitudes de auxilio espiritual se mantuvieron en pleno siglo XIX, una época en la que a las dificultades económicas se unieron epidemias (fiebre amarilla, cólera morbo) y largos periodos de malas cosechas y falta de lluvias. El millo comenzó a escasear en los primeros días del verano de 1855 y los fuertes aguaceros y vientos de finales del otoño y comienzos del invierno serían desastrosos. La sequía y el ataque de la alhorra, más las ventoleras y las puntuales invasiones de la cigarra, dañaron enormemente también a los cultivos en 1856, como puede leerse en el periódico el Ómnibus.

Por ello, otra vez, el 10 de marzo de 1878, el Ayuntamiento decide celebrar un novenario de misas y rogativas a su patrón, llevándole en procesión hasta el vecino pueblo de Santa Brígida, ante la pertinaz sequía que hace tiempo se deja sentir por la falta de lluvias de modo que todos los sembrados amenazan el inminente peligro de perderse y quedar el pueblo reducido a una espantosa miseria; y siendo el caso de implorar la misericordia de Dios para que remedie tamaño mal, se acordó excitar al venerable párroco a efecto de poner en novenario al Patrono San Mateo.

El milagro debió surgir, pues a las pocas fechas se quejaban de las lluvias torrenciales que destrozaban los cultivos. Otro ejemplo de estas “solicitudes de auxilio” la encontramos el 20 de marzo de 1897, cuando el acalde accidental de San Mateo, Antonio Gil, pide al Obispo poner en novenario a San Mateo con la consecuente procesión hasta el pago de La Lechuza, “por ser el lugar más céntrico para todos”, para que provocara la llegada de lluvias, “sin la cual el hambre se presenta con horrible amistad”, según consta en un escrito que se conserva en el Archivo Histórico Diocesano.

La festividad de la Aljorra se celebraba desde sus inicios el segundo domingo de mayo. Es muy significativo el hecho de que su festividad coincidiera con el día de Pascua de San Petencostes (ritual de la ofrenda de la primera cosecha), en cuyas celebraciones se entremezclan los ritos agrarios con el culto a los muertos: agricultura y muerte.

Mayo es el mes de ver madurar la cosecha. Según la leyenda cristiana, el día de Pentecostés era celebrado por todos los judíos y era la ocasión en la cual se efectuaba "la ofrenda de la primera gavilla" a la que antiguamente se le había llamado "ofrenda de las primicias". Esta ofrenda consistía en ofrecer una gavilla de cebada de la primera recolección que se hacía en el año y significaba el reconocimiento del poder y el amor del Señor. Era la expresión supersticiosa ante los misterios de la naturaleza en medio de comunidades que dependían para vida y muerte de la agricultura. El culto a la madre tierra.

El Ayuntamiento de San Mateo decidió, en 1886, el traslado de estas fiestas votivas que venía celebrando asiduamente al último domingo del mes de mayo para evitar la competencia y perjuicios que a su feria de ganado ocasionaban otras fiestas celebradas en los pueblos cercanos, como Teror y Valleseco. El acuerdo del Ayuntamiento fue recogido en las páginas del periódico El Liberal, en su edición del martes 11 de mayo de ese año, de este modo.





De San Mateo nos escriben que por acuerdo de aquel ayuntamiento se transfiere al último domingo de mayo de cada año la festividad de la Aljorra, que en el de Petencostés se ha venido celebrando en honor del patrono del pueblo, toda vez que en ese día y el siguiente se verifican otras en pueblos inmediatos, por cuya causa no puede tener aquella la ostentación deseada, ni ser grande la concurrencia de forasteros a la feria, con lo cual se originaban perjuicios para dicha localidad.

La fecha elegida para la celebración de esta festividad está también conectada con las labores agrícolas de la segunda siembra del millo. Aprovechando la mejoría del tiempo se inician las labores agrícolas necesarias para depositar las simientes en la tierra a comienzos de junio. Había que echar mano de la ayuda divina, puesto que la vida retornaba gradualmente a los campos y a los cultivos, en cuyas tareas agrícolas participaban tanto los hombres como las mujeres.

Pero la lucha contra la invasión de plagas en esa época no debió ser suficiente o efectiva, pues dos años después reapareció la Aljorra. Las consecuencias fueron tan graves que los campos de cereales de las islas quedaron arrasados. La enfermedad de la Alhorra ha causado estragos en los sembrados de Fuerteventura. Algo tenemos también de esta plaga en Lanzarote que ha aminorado la cosecha de cereales, informaba la revista de Las Palmas, el 21 de abril de 1888.
 
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