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CRISTOBITA MARTEL, AQUEL GRAN ESCALADOR DE LA VILLA

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Friday, 19 de June de 2009
A partir de la década de 1930, el ciclismo ya gozaba de una auténtica devoción en Gran Canaria. Entonces se celebraban carreras de aficionados entre los pueblos de la Isla y los ciclistas se inscribían de forma individual, convirtiéndose en protagonistas de locales hazañas, en los héroes de hechos asombrosos que los redactores de periódicos narraban por cotidianas entregas. Eran unos locos de las bicicletas en el sentido más amplio, cuyos primeros artilugios llegaron a Las Palmas a finales del siglo XIX ante la pasión general.

“El entusiasmo despertado en esta ciudad por el sport ciclista rebasa los límites de lo natural. Grandes y chicos, viejos y jóvenes, gordos y flacos, se han entregado en cuerpo y alma al ejercicio, los unos por entretenimiento y los otros en la persuasión de que lo mismo sirve aquel para desbastar el organismo que para imprimirle valor, lozanía y robustez”. Así describía a finales de 1897 el periódico La Patria sus primeras impresiones sobre varios aficionados que, en aquel improvisado velódromo en que se había convertido el Circo Cuyás, aprendían a aprovechar las innumerables ventajas del centro de la gravedad.   

Los grancanarios se ejercitaban para ponerle pedales a su propio equilibrio ante los ojos atónitos de los ciudadanos y cronistas de la época. Seis años después se puso en marcha el Tour de Francia, el acontecimiento más importante del mundo ciclista.

El ciclismo despertó a partir de entonces el interés general, se convirtiéndose al mismo tiempo en un medio de transporte ideal a pesar de la falta de espacio y carreteras, y en uno de las atracciones de las fiestas locales, con las habituales carreras de cintas.

ImageVarias de las glorias de la Villa de Santa Brígida eran los hermanos Martel y Adolfo Talavera, que vestían las camisetas del equipo local de fútbol. Uno de ellos, Cristobita Martel, se había convertido por aquellos años en un gran escalador, y el pueblo solía organizar caravanas de seguidores por los pueblos por donde pasaban.

Las etapas eran duras y las carreteras por las que circulaban, casi impracticables. Para colmo, los juegos de piñones o la doble pletina aún no se usaban, por lo que el pedaleo era fijo y la bicicleta, un armatoste pesado, sin cambios.  El ciclismo como agonía. Y un pinchazo era la maldición porque debía cambiar la bici, quien la tuviera a mano. Los participantes llevaban, además, gafas de aviador, las únicas que les podían proteger del asfalto de la época, tierra y piedras.  Y los recipientes de agua debían ir rellenándolos por el camino, en fuentes o en bares, ya que no había en los primeros momentos los actuales avituallamientos.

Un buen escardón de leche y gofio que tomaba Cristobita Martel, a primera hora de la mañana, para enfrentarse a la prueba haría imposible hoy cualquier control antidopaje.

Cristobita era un vecino callado, servicial e incansable, dispuesto a la hazaña imposible. Cuesta arriba nadie podía con él, según recuerdan los vecinos más memoriosos cuando hablan sobre sus legendarias ascensiones que se organizaron desde la Villa, y que llenó el aburrido tiempo libre y de ocio ciudadano de entonces. 

 Image“Llegué a quedar tercero. Y en una ocasión vinieron corredores desde Tenerife a participar de una carrera, cuando lo del accidente de un coche de seguidores en el que murieron tres vecinos de Santa Brígida. Luego estábamos organizando otra para acudir a Tenerife cuando estalló el movimiento y no pudimos ir”, dijo Cristobita Martel durante un homenaje que le tributó la asociación cultural El Repique con motivo de las fiestas patronales de 1996.   

Nuestro gran escalador se refiera a la I Carrera Interinsular que se celebró el día 14 de abril de 1936 entre los equipos de Gran Canaria y Tenerife, con motivo del quinto aniversario de la II República. Los componentes se la selección grancanaria eran Francisco Suárez (Telde), José Santana (barrio de San Antonio), Agustín Armas (Arucas), Juan Gil Perdomo (San Cristóbal) y Cristóbal Martel (Santa Brígida). Y los de Tenerife: Anacleto Gómez García, Armando Carballo, Manuel Delgado, Jaime Márquez y José A. Aguilar, capitán del equipo tinerfeño.

El recorrido fue de unos 80 kilómetros, partiendo de la Catedral en dirección a Santa Brígida, para continuar luego por San Mateo, Valleseco, Firgas, Arucas y de regreso a la ciudad. Y el premio consistía en 300 pesetas para el equipo ganador y una copa donada por el Cabildo Insular.

El primer ciclista en cruzar la meta, tras 5 horas y 51 minutos, fue el tinerfeño Manuel Delgado, “y eso que un huevo duro que se le ocurrió ingerir, casi lo pone fuera de combate”, apuntaba el periódico La ImageProvincia ante aquel portento del pedal. Aunque el equipo ganador resultó ser el de Gran Canaria, pues los cuatro ciclistas que cruzaron la meta a continuación fueron canariones: Francisco Suárez, Agustín Armas, José Santana y Cristobita Martel, respectivamente.

 Aquella memorable carrera fue seguida por una caravana de unos 150 coches, lo que da una idea elocuente de la expectación que había despertado la pueba de extrema dureza y sin los adelantos técnicos y médicos actuales, pero repleta de gestas, emociones y algún que otro huevo duro.

  Cristobita Martel seguiría apegado al deporte de las dos ruedas. De hecho, cuando trabajaba para el Ayuntamiento hacía sus habituales mandados en bici, lo que entonces era considerado como un progreso en su oficio. Todavía se le recuerda en el pueblo cuando realizaba todo tipo de arreglos domésticos, a cambio de la voluntad y algún que otro bichito de ron, armado con su inseparable llave inglesa, mientras atrás iban quedando sus gestas memorables.

 
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Ayto. de la Villa de Santa Brígida
C/ Nueva , 13
Tlf.: 928.64.81.81 / 928.64.00.72

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