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Personajes populares de antaño ( Maestro Pablo , El zapatero )

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Monday, 15 de June de 2009

Reconocido artesano, Pablo Barrera Guerra fabricaba globos de papel para lanzarlos en las fiestas

Siempre se ha creído que los zapateros remendones tienen alma de filósofos. En las ciudades tienden a desaparecer, relegada la horma y la lezna a una decadente condición de piezas de museos, ya que su oficio se ha revitalizado por el perfeccionamiento de los instrumentos mecánicos. Pero en los pueblos el zapatero, como el caso de Carmelito González Robaina, con su taller situado en la trasera de la iglesia, ejerce aún su soberanía, con esa forma parsimoniosa y severa con que este hombre devuelve a los hombres y mujeres la compostura en el andar.

Uno de los personajes más populares de la Villa de Santa Brígida era don Pablo Barrera Guerra (1882-1980), más conocido por Maestro Pablo, cuyo recuerdo aún vive en nuestra memoria colectiva. Su pueblo le tributa ahora un merecido homenaje con la inauguración de una escultura en el casco histórico, muy cerca de su casa y taller, al final de la calle Nueva.

¿Quién era este personaje? (¿Lo supo acaso él mismo?), ¿De dónde venía don Pablo? ¿Hacia dónde se dirigía?. He aquí las preguntas que asaltaban al espíritu observador a la vista de este tipo de perfil unamunesco que respondía al nombre de Pablo. Natural de Arucas y casado con Carmen Zerpa García, a partir de 1918 se estableció con su familia en esta villa. Pronto se ganó el cariño de todos, alegrando la vida de los vecinos, sobre todo de los más pequeños, con su arte y con su gracia.

Armado de sus rudimentarias herramientas y sentado en su banco de madera, este vecino sabía como nadie cuál era el lado débil de cada satauteño. No sólo era capaz de fabricar los mejores zapatos, sino realizar el globo más bello que por un instante gozaría el aire. Cada año cumplía con un deber casi religioso: fabricar con un gran toque de maestría un globo de papel durante las fiestas del pueblo, ya fuera para San Antonio de Padua, Santa Brígida, el Cristo o la Naval. De donde se le pedía, allá iba él, presto y veloz, con sus globos, haciendo las delicias de la chiquillería. Los niños disfrutaban de lo lindo con la original iniciativa, que contribuyó también a introducir a los chavales en los misterios de la ciencia.

La suelta del globo era un espectáculo ya antiguo en las fiestas de los felices años veinte. La gente de fuera venía a los actos organizados en el pueblo y a su verbena en la plaza de León y Castillo, lugar entonces de todas las diversiones. Las calles quedaban cerradas con bidones, tablones y ramas de palmeras y era posible ver los fuegos de artificio, los puestos de chucherías, el carrito del helado y una gran tómbola adosada a la pared de la iglesia. Estamos en un lejano sábado 15 de agosto de 1920. El periódico Diario de Las Palmas anunciaba una noche de sonidos, olores y sabores, como las frituras de carajacas y garbanzos tostados. Sigan y lean.

ImageDesde Santa Brígida

UNA VERBENA

Nos dicen de Santa Brígida que mañana, a las 9 de la noche, y organizada por la «Real Sociedad Nueva Amistad», tendrá lugar en la plaza de León y Castillo de aquella villa, una verbena con el concurso de señoritas de la localidad y colonia veraniega, amenizada por bandas de música, organillos, rondallas, luciendo una espléndida iluminación. Se establecerán una tómbola, (todos los billetes están premiados), y diversos puestos de helados y refrescos, cerveza, sandwich, bebidas, churros y café, carajacas, manises y garbanzos tostados, etc., servidos por señoritas; quemándose fuegos de artificio y elevándose globos aerostáticos. La empresa de automóviles de Santa Brígida tiene organizado un servicio de viajes extraordinarios desde las 8 y media de la noche, desde Las Palmas a Santa Brígida y de regreso al terminar la fiesta.

En aquel ambiente satauteño de la plaza, su marco habitual, Maestro Pablo marcaba siempre la nota alegre, la pincelada. Aprovechando la salida de la función religiosa, ya se le veía trasponer desde su casa en dirección a los cercados del pueblo, por debajo de la iglesia. Traía bajo el brazo sus globos de papel, hechos a base de armaduras de cañas, palos y verguillas por los lados. La chiquillería le seguía expectante y luego corría hacia la plaza para no perderse el espectáculo. Poco después, Maestro Pablo los lanzaba hacia el azul cielo mientras el público, desde la plaza, contemplaba admirado aquellos artilugios aerostáticos a los que mojaba la estopa con petróleo para que ascendieran por el efecto del calor. Era una distracción preciosa, como lo eran las cometas con su rabo de trapos multicolores.

Muchos de los globos se perdían en el horizonte alcanzando rumbos extremos, camino de las Tres Piedras o la montaña de la Bodeguilla, según fuera la dirección del viento; pero algunos se quemaban por el exceso de petróleo y el público pronunciaba un colectivo y apenado: ¡Aaaaaah!.

Unos globos de distintos colores de papel que cortaba y pegaba con harina y agua, brocha en mano. Poco a poco iba construyendo el molde de los aerostáticos antes de que surcaran plácidamente el cielo del domingo. A veces los hacía en la panadería de Jorge, en la Plaza de doña Luisa, sobre dos tablas panaderas preparadas para la ocasión. Todavía se le recuerda en compañía de otro personaje popular del pueblo, su ayudante y amigo de inolvidables rondas, Juan Caña, de quienes Dios cuidaba de manera especial, y en cuya casa, entonces una vieja vivienda frente a la iglesia, guardaba Maestro Pablo las herramientas necesarias para construirlos.

Los globos de Maestro Pablo también servían como regalo original de cumpleaños. Bernardo Lorenzo, vecino del Castaño Bajo, se los encargaba, a finales de los sesenta, por el módico precio de veinticinco pesetas. Luego lo lanzaba desde el jardín de un chalé situado frente a la gasolinera para la admiración y alegría de sus hijos. “En una ocasión”, recuerda este vecino, “fue a lanzar un globo que le había comprado y me dijo: ¡Mira, éste va a llegar al cielo!. ¿No le parece mucho Maestro Pablo?, le pregunté, pero él, animado, me contestó: ¡ya verás!”. En el momento de su ascensión, se torció la mecha y el globo se quemó en un santiamén. “¡La madre que lo parió, se murió y subió al cielo!”, dijo ante la sonrisa aquiescente y entusiasmada del testigo.

Anecdotario

ImageEn la memoria colectiva de los satauteños también ha quedado grabada la simpatía y espontaneidad de este personaje, protagonista de numerosas anécdotas, como aquella ocurrida hace varias décadas cuando uno de sus clientes, cansado de esperar por el arreglo de sus zapatos, le preguntó al tropezárselo por la calle: “¿Maestro Pablo, ya arregló mis zapatos?. Cuentan que Maestro Pablo sonrió socarronamente y le contestó: “En ellos ando”, sin que el vecino se percatara de que, efectivamente, en ellos andaba, pues los llevaba puestos.

Empedernido jugador de cartas, muchas fueron las partidas que echaba, tanto en el Real Casino, única sede social del pueblo, como en el bar de Inesita, al comienzo del Atajo de Portada Verde, donde le esperaban algunos de sus viejos amigos, como Dieguito Martín. Entre ronda y ronda, se echaba unos pizcos de ron que le hacía filosofar un rato sobre lo divino y lo humano.

Allí protagonizaría nuestro personaje otro alegre capítulo de su vasto anecdotario. Maestro Pablo regresaba a su casa, “algo contento”, tras haber jugado unas cuantas partidas a la ronda en el bar de Inesita. Caminaba nuestro hombre en dirección al puente de Santa Brígida, en una fría madrugada. Inesperadamente, una pareja de la guardia civil salió a sus pasos. “¡Alto!, la guardia civil de ronda, ¿Quién va?”. Y Maestro Pablo, sin doblegarse, contestó con énfasis ese último rescoldo que le restaba de entusiasmo: “¡Pues la mía gana que es de reyes!”. Ya pueden imaginarse la tunda que le caería.

Otro buen día, Maestro Pablo volvía por la calle Nueva, camino de su casa. Iba con sus manos atrás, fumando un puro extraordinario, el de las grandes ocasiones, cuando al llegar a la altura del Ayuntamiento observó de reojo al sempiterno secretario, Juan Morales Navarro. Don Juan, que también fumaba uno de sus preciados habanos, estaba asomado al nuevo balcón de piedra de la casa consistorial, cual señor. Al verlo, don Juan le dijo: “adiós Pablo”, a lo que nuestro personaje contestó: “adiós Juan”, pero sin el consabido “don” delante. “¿Qué forma de llamarme es esa Pablo?”, reaccionó con tono recriminatorio el pulcro secretario. Él, apurando una nueva calada, exclamó mirando hacia el cielo: “¡Hoy todos somos secretarios, Juan!”.

Sin duda, un vecino singular que, en opinión de los vecinos que le conocieron, era un hombre bueno, incapaz de dar una puntada a nadie, salvo en el ejercicio de sus funciones de artesano experimentado. Ahora, uno de sus globos se nos aparece intempestivamente en una tranquila esquina del casco antiguo, endurecido por el bronce y el acero corten. Se trata de una obra del escultor canario José López, auspiciada por el ex concejal Juan Sixto Muñoz y financiada por la obra social de la Caja de Canarias. Aquí, en plena calle, a medio camino entre el Calvario y el Juzgado Municipal, Maestro Pablo no sólo verá por donde cojea la justicia sino cuidará de que nadie dé un mal paso entre los adoquines, sobre los que en ellos andamos.
 
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Ayto. de la Villa de Santa Brígida
C/ Nueva , 13
Tlf.: 928.64.81.81 / 928.64.00.72

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