Skip to content
Inicio arrow Cronista arrow El Papel de la Mujer en la historia de Santa Brígida

El Papel de la Mujer en la historia de Santa Brígida

Imprimir
Wednesday, 04 de March de 2009
¡Cuánto hemos cambiado!. ¡Cuánto queda aún por hacer en ese largo camino de la igualdad¡, sobre todo, si tenemos en cuenta los desafíos de futuro que se avecinan, y que requieren un renovado compromiso de integración socio-laboral. Aún así, pocas sociedades como la española han sufrido cambios tan profundos a lo largo del último siglo. ImageEn sólo cien años España abandonó su secular estado de subdesarrollo y miseria, conquistó la democracia, se incorporó a Europa y experimentó un desarrollo espectacular en sus costumbres y hábitos de vida.

El pueblo de Santa Brígida no fue ajeno a estos cambios. Pero entre la vida rural y la vida urbana mediaba un abismo. Estas tremendas diferencias, en sólo unos kilómetros de distancia, se explican porque Santa Brígida estaba tan mal comunicada en los siglos pasados como antes de la Conquista de la Isla. La primera carretera del Centro, de tierra, se abrió camino a San Mateo en 1873. Muchos habitantes no se aventuraban a viajar más allá de los estrechos límites municipales, y hubo quien moría sin haber visto nunca la ciudad, ¡y eso que estaban a una hora en carruaje!. Este aislamiento, aliado con la pobreza, contribuía a la perduración del atraso.

Image

Tradicionalmente, y hasta épocas recientes, Santa Brígida era un pueblo eminentemente rural y agrícola. En su mayor parte se trataba de campesinos que trabajan como braceros del campo, medianeros de grandes y pequeños propietarios o labradores de minúsculas fincas que apenas permitían la subsistencia. Nacer mujer en estas medianías de Gran Canaria no era precisamente una bendición en las primeras décadas del siglo XX. Seguía existiendo, en la mentalidad campesina, la cultura de que el varón es el que valía para trabajar y la mujer era para la casa, al cuidado de la familia.

En realidad, la mujer rural, además de tener una gran importancia en la vida doméstica, también desempeñaba unos trabajos en la agricultura destacables, en tiempos de la cosecha o la recolección de los frutos, en el cuidado del ganado y de la huerta. Un buen número de mujeres –y de niños- se dedicaban a transportar agua desde las fuentes públicas a la mayoría de las casas particulares cuando aún no existía el suministro a domicilio, pues éste llegaría a partir de 1927 y sólo en determinadas casas del pequeño casco urbano. O también se las podía ver, desde primera hora de la mañana, acudir al barranco, a los veleros o lavaderos, para lavar la ropa de la familia. Una actividad diaria que llamaba la atención de los viajeros europeos que visitaban la isla a finales del siglo XIX. “Muchas de las mujeres que estaban lavando tenían utensilios de cocina junto a ellas y había algunas hogueras encendidas, o sea que no tenían que volver a casa para comer”, relataría la viajera inglesa Olivia M. Stone, cuando visitó este pueblo aquel lejano lunes, 19 de noviembre de 1888. Las fuentes y lavaderos eran entonces los pocos sitios que tenían las mujeres para reunirse y donde tenían la oportunidad de conversar sobre los últimos acontecimientos del pueblo y algunas que otras murmuraciones.

Tan sólo en el barrio de La Atalaya, las mujeres se hacían más visibles que los hombres, pues ellas eran las que se ocupaban de fabricar las vasijas de barro, pero sin descuidar sus otras tareas de la casa-cueva y la familia; la alfarería era un “oficio de mujeres”. También fue importante su participación en la manufactura del tabaco, en aquella fábrica que existió a la entrada del pueblo y de la que la viajera Olivia M. Stone dejaría un testimonio valioso sobre el número de mujeres trabajadoras en aquella centuria.

“Hay una fábrica de tabacos en Santa Brígida que pertenece a los mismos propietarios que las de La Orotava y Adeje. Como tenemos una carta para el administrador, se la presentamos y nos enseña el edificio. Tienen treinta y cinco mujeres y siete hombres empleados en la manufactura del tabaco”.

ImageSólo en la década de 1970, otros hombres (Panchito sería el pionero), comenzaron a trabajar la loza en el barrio alfarero. Desde tiempo inmemorial ellas eran las encargadas de hacer las piezas de barro, guisarlas y luego venderlas, porque la venta ambulante era otro trabajo, exclusivamente, femenino. Desde La Atalaya salían las mujeres cargando, sobre sus cabezas, enormes cestas llenas de cántaros, braseros y vasijas, abriéndose camino por las veredas que discurren por delante, detrás y encima de las cuevas hasta llegar a la capital o pueblos cercanos.

Al concluir el peregrinaje, una vez allí, puerta por puerta, o en los mercados, venderían sus piezas de barro o realizaban trueques por fruta y verdura para la casa. Para evitar que la cesta de carga (de cerámica o de la ropa recién lavada) se apoyara directamente sobre ellas se ponían una almohadilla redonda de trapo. Pero por lo demás, la mujer quedaba en la sombra, como sino no hubiera existido. Parecía casi natural que, en la general pobreza, la peor parte correspondiera, como de costumbre, a la mujer.

Aquella mentalidad tradicional contribuía a difundir, desde la familia, la escuela y la Iglesia, un estereotipo femenino que se mantenía inmóvil, semejante al de tiempos pasados, sin tener en cuenta los cambios políticos, económicos o culturales que, poco a poco, estaban ocurriendo, a veces a poca distancia de aquella vega agrícola.

ImageEl marco por excelencia de la vida de las mujeres era, por tanto, el hogar, su única misión, la familia y, socialmente, sólo se le reconocían tres estados honorables: hija, esposa y madre. El servicio doméstico ocupaba, a la mujer del pasado, todo el día, ya fuese en el hogar familiar o empleándose como “sirvientas” en la casa de los propietarios de la tierra; en muchos casos, este trabajo era realizado por las hijas de los propios medianeros de la finca. Las criadas no solían faltar en ningún hogar medianamente acomodado, sacadas, frecuentemente, del terruño y empujadas a su modesto oficio por pura miseria, a veces, sólo por la comida. Aunque a menudo pasaban menos necesidades de las que hubieran sufrido de permanecer en el mísero medio rural del que procedían.

En 1904, por ejemplo, sólo una mujer trabajaba fuera del hogar de los 4.870 habitantes con los que contaba la población satauteña, según el padrón de habitantes de la época. Era la maestra de la única escuela de niñas que existía en el pueblo, doña Juana Navarro González. La nula presencia de la mujer en actividades profesionales es, suficientemente, expresiva de la escasa preparación femenina y del horizonte mental de la época.

ImageEn aquel mundo rural nuestro, la educación de las mujeres poco importaba entonces, pues su futuro estaba limitado al universo de la casa. No deja de ser una anécdota, pero muy significativa, el hecho de que la renuncia laboral de la citada maestra motivó que un centenar de niñas del pueblo se quedaran sin clases ¡durante seis largos meses!.

El acceso de las mujeres a la educación era muy limitado hace tan sólo medio siglo: la gran mayoría no pasaba de saber las cuatro letras y una enseñanza muy elemental. Era muy raro que tuviesen acceso a la educación secundaria y mucho menos a la Universidad. Al menos, hasta la generación de los años cincuenta, era extraño que alguna joven satauteña iniciara estudios de bachiller o carrera universitaria. Las pocas féminas estudiantes de la época, de las familias más pudientes, se inclinaban por el magisterio o la enfermería. De todos modos, uno de los cambios más significativos que experimentó la sociedad española en las primeras décadas del siglo XX fue la incorporación de la mujer al trabajo.

La educación de las mujeres se basaba casi, exclusivamente, en el aprendizaje de las tareas domésticas y sus múltiples variedades. Entonces, no se podía concebir que unas señoritas decentes no supieran ni coser un botón. ImagePara ello, en el pueblo, había varias costureras para los menesteres de corte y confección, como la costura de Carmelita Ascanio Sánchez, Mercedita Díaz, Lolita Hernández o la de Hortencita Ventura Hernández, satauteñas de buenas pupilas y una bendita paciencia. Las chicas aprendían desde jovencitas a hacer punto cruz, bordar hermosos paños o calados canarios, cuyos ojetes los hacían con la punta de una pita. No faltaban en los hogares satauteños la vieja máquina de coser, las agujas, los hilos, los dedales de plata o el huevo de madera para zurcir calcetines, objetos que hoy integrarían un museo y que entonces formaban parte del activo histórico familiar.

En aquella familia tradicional de hace un siglo, el cabeza de familia conservaba una formidable autoridad y se creía obligado a mantener una solemne distancia: evitaba que la familia lo sorprendiera en mangas de camisa, los hijos le hablaban de usted y la esposa adoptaba ante él una actitud sumisa y, desde luego, no le replicaba en presencia de terceros. Incluso durante las comidas familiares, después de bendecir la mesa, al padre se le servía primero y si había carne le correspondía. Esta actitud, que hoy nos parece egoísta, quizá se justificaba porque el padre de familia era el que sostenía la casa, y en aquellos tiempos, todavía sin Seguridad Social ni jubilación, si caía enfermo o moría, dejaba a la familia en la ruina, llevándose consigo “la llave de la despensa”, como solía decirse.

ImageEstamos ante un pequeño reino familiar, en el que el pater familiae contaba con un poder aplastante. Un poder solo moderado por la natural tendencia al cariño a los hijos y por la benéfica influencia de la mujer sobre sus decisiones. Los hombres delegaban en sus mujeres todas las obligaciones familiares, mientras ellos seguían valorando su tiempo libre con referencia a sus aficiones: el bar, la partida de barajas o dominó en el Casino. Las mujeres, en cambio, solían ocupar sus descansos yendo a la iglesia o tomando café en la casa de la vecina, formándose allí, en la sala de recibir, algunas tertulias. Era un reparto de funciones, una división de actividades que se había mantenido desde siglos atrás: el mundo exterior, para el hombre, un espacio al que apenas si asomaba la mujer, salvo los días especiales (las grandes festividades, las religiosas particularmente), y un mundo interior del que se desentendía el marido, dejándolo en manos de su esposa.

En este pueblo de antaño la población era muy creyente y la Iglesia conservaba intacta su antigua fuerza como rectora de la sociedad. Las severas normas morales imperantes causaban mucho daño a las mujeres. En el templo las niñas debían sentarse en las sillas de la derecha, los niños quedaban a la izquierda, cerca del sagrario. Cada cual poseía un sitio en la misa, incluso personales reclinatorios destinados a los señorones del pueblo, como don José Sarmiento o don José Súarez Quesada. El primero poseía su mansión, con su predio arbolado, a la salida del pueblo, en la Vuelta del Pino -hoy abandonada-, y el otro, su casona en la entrada del pueblo, a quien la iglesia le debe la instalación eléctrica a finales de los años veinte.

La educación y los viejos estúpidos prejuicios actuaban sobre ellas como la espada de Damocles. Existía, por ejemplo, la prohibición social de que las mujeres salieran solas. Solamente se les permitían salir en determinadas condiciones, como a la misa dominical, o dar paseos, cogidas del brazo y en pequeños grupos, por la calle principal, camino de la Tienda del Barro o del Castaño, especialmente en las tardes de domingo. El paseo era el salón abierto donde podían mezclarse hombres y mujeres, aunque manteniendo las distancias. La Banda tocaba pasodobles en la plaza de la iglesia, y las casas se abrían y se sacaban las sillas a la calle para ver pasar a la gente y mantener algunas conversadas.

ImageEsta inocente actividad era uno de los pasatiempos favoritos de nuestras abuelas, entonces muchachas, pues podían echar un ojo al chico que les gustase. Tras esta etapa platónica se pasaba a dar conversación, aprovechando alguna fiesta, siempre en presencia de la madre, una hermana mayor o las tías de la joven, y ya, sin más preámbulo, el pretendiente pedía relaciones a los padres o tutores.

Después de este trámite, el noviazgo era oficial. Pero el hecho de tener novio sí que era un compromiso, nunca mejor dicho. El noviazgo solía durar varios años, al menos dos o tres. En este tiempo, los novios jamás se veían a solas. La prometida siempre debía estar acompañada por alguna hermana mayor o su madre, si el novio la iba a visitar a su casa. Los días de novios, entonces, eran los jueves y los domingos. La visita no debía esperar a que cayera la noche, amén de otras regulaciones que hoy día parecerían absurdas e innecesarias. La carrera de la mujer era casarse y, a ser posible, con un hombre trabajador y de nivel social superior. Quizá por ello, las mujeres cogían el camino de la boda muy pronto, a los 16 años e incluso antes, a fin de lograr su emancipación con el matrimonio.

Desde pequeñas, las hijas, eran educadas con la obsesión del matrimonio. Pero para una joven rural, que aspiraba a salir del rústico circuito social que le atrapaba, constituía todo un reto encontrar un novio que no fuera agricultor o artesano. Las fiestas constituían las pocas oportunidades para socializarse. Como casi siempre había más mujeres que hombres, el pueblo era una cantera de novias. ImageDe la ciudad llegaban jóvenes a las fiestas de La Naval, Santa Brígida, San Antonio…y a las verbenas y bailes organizados por la Sociedad La Amistad (hoy Real Casino). Por cierto, en el primer baile celebrado por la centenaria sociedad, en el mes de junio de 1900, los fundadores emplearon parte del dinero en comprar bizcochos y flores para brindar a cada una de las “señoras y señoritas” que acudieron a la velada. Todo un detalle de caballeros para el cortejo de las muchachas.

La solterona, la que se había quedado “para vestir santos”, como solía decirse, era entonces una fracasada digna de compasión. Y, sin embargo, aún podía ser peor si, al probar la vida amorosa, la mayoría de las veces tras promesa de matrimonio incumplida por su amante, venía la temida criatura a irrumpir en el mundo con su llanto de recién nacido. En los libros parroquiales de Santa Brígida es habitual encontrar antiguas partidas de bautismo de criaturas de “padre desconocido” y hasta se sabe de abandonos de niños a las puertas de la iglesia, por supuesto, a altas horas de la noche. Así, surgieron las casas de expósitos en la ciudad para acoger a los niños abandonados en toda la isla.

¡Qué drama el de la soltera o la madre soltera!. No es de extrañar el hecho que los restauradores de la imagen de San Antonio de Padua, santo casamentero por excelencia de este pueblo, descubrieran, hace varios años, muchas picadas de alfileres en la escultura del santo, pues existía la creencia de pedirle novio en sus fiestas, clavándole una aguja en caso de incumplimiento.

ImageEntonces como hoy, los maridos respetaban el uso consuetudinario de morirse antes que las esposas y había muchas más viudas que viudos. No obstante, eran pocas las que se atrevían a vivir plenamente la segunda juventud que la vida les deparaba, dado que la rígida norma social imponía un luto perpetuo para el difunto. El caso es que, para muchas viudas, el segundo matrimonio era un expediente de supervivencia porque, por lo general, quedaban en total desamparo.

Y pasan los años.... Hasta 1931, la mujer no pudo ejercer su derecho al voto. La época de la II República traía aires de libertad para algunos....y temores para otros. Pero todas las esperanzas que trajo aquel nuevo régimen se vieron frustradas por la guerra civil y la posterior dictadura que cerró cualquier atisbo de libertad política y social. No obstante, algunas se asomaron, de manera destacada, al mundo de la cultura. “Un pequeño grupo de mujeres, llenas de entusiasmo y alentadas por la generosa ocasión que nos brinda el Diario de Las Palmas”, inició el 14 de noviembre de 1953, la publicación mensual de un suplemento femenino, Mujeres en la Isla (1953-1965), cuyo proyecto se fraguó en una casa del Monte Lentiscal.

ImageSu participación en la política municipal, sin embargo, sólo fue posible hace algunas décadas, gracias a la instauración de la democracia en España. Los primeros años de la democracia presenciaron el creciente protagonismo de la mujer, que comenzó a ocupar territorios que hasta entonces le habían estado vedados. Las dos mujeres pioneras que ejercieron de concejalas en el Ayuntamiento, por primera vez en la historia de Santa Brígida, se llaman Adela Sánchez Padrón, entonces vecina de La Angostura y Gloria Déniz Déniz, del barrio de El Madroñal. ¡Pero fue en 1987!.

Los nuevos aires de la democracia también se hicieron notar en el Real Casino de Santa Brígida, la única sociedad de recreo, fundada en el pueblo en 1900. La directiva elegida en 1978, presidida por el ingeniero Cristóbal Pérez Ruiz, dio vía libre a la entrada de las mujeres en esta institución, a propuesta del directivo Felipe Rodríguez González, como adaptación a los nuevos tiempos. Hasta entonces, las mujeres sólo podían entrar cuando se celebraban en sus salones los mencionados bailes, conocidos antiguamente como asaltos. Lolona González Cabrera, funcionaria del Ayuntamiento, ya fallecida, se convertiría así en la primera mujer en disfrutar de las actividades culturales y de ocio de esta centenaria institución, que en los últimos años ha contado con tres mujeres presidentas: Victoria Casas PérezMª Carmen (Chicha) Reina Jiménez (2005) y Guadalupe Ventura Alemán (2006-2007). (2001-2004),

ImagePero en todo ese largo camino, ellas han cambiado la sociedad, las leyes y hasta la mentalidad de algunas profesiones consideradas sólo aptas para hombres, como la policía. La vecina Begoña Santana Hernández se convierte en la primera policía local en la historia de esta Villa. Y fue casi ayer, el primero de marzo de 1992.

Todo esto tiene su reflejo también, y de forma muy precisa, en el callejero municipal, donde tan sólo doce calles llevan nombres de mujeres (añadiéndoles las santas y princesas) frente a casi un centenar de varones que nominan y dominan el nomenclátor. El barrio de El Monte Lentiscal rotula desde 1998 una de sus vías con el nombre de Inocencia Acosta Padilla, la primera fémina de la provincia de Las Palmas, y probablemente del archipiélago, que obtuvo el permiso de conducir en el año de 1927, pero ésta llegó al pueblo procedente de la isla del Hierro. Son sólo algunos ejemplos protagonizados por las mujeres que hoy observamos en nuestra intrahistoria y en nuestro paisanaje.

Y, con todo, con todas esas limitaciones, hemos repasado someramente una estampa de nuestro ayer. Por mucho que una poderosa señora, Isabel Guerra, llegada a la isla desde Andalucía, fundara la primera ermita en este pueblo, en el lejano siglo XVI, y que una santa irlandesa sea la patrona de la Villa, que hoy compite en santidad con el mismo copatrono, San Antonio de Padua, las mujeres tuvieron un papel invisible, a la sombra del hombre, en la historia local de este pueblo.

Sin embargo, su callada labor ha sido fundamental en el desarrollo de la vida económica, social y del mantenimiento de la familia del pasado. Porque a la postre la mujer fue, y es, una de las grandes protagonistas de nuestra historia, incluso desde las mismas sombras en que entonces le tocó vivir. Ha sido la protectora, la cuidadora, la que ha procurado mantener la familia reunida en torno al hogar y la que ha luchado infatigable y dignamente por salvar patrimonio e hijos, dando soporte en su vivir cotidiano, aconsejando con su buena intuición, poniendo la nota de feminidad en la rudeza del entorno campesino.

FUENTES DOCUMENTALES:

- Archivo Histórico Municipal de Santa Brígida.

- Mujeres en la isla (Revista mensual literaria femeina). Hemeroteca Museo Canario.

- Archivo del Real Casino de la Villa de Santa Brígida. Actas.

- Entrevistas a vecinas mayores del municipio.

- “Tenerife y sus seis satélites”. Stone Olivia M. (Traducido y anotado por Juan A. Bedford. Las Palmas de Gran Canaria, 1995.
 
< Anterior   Siguiente >

Ayto. de la Villa de Santa Brígida
C/ Nueva , 13
Tlf.: 928.64.81.81 / 928.64.00.72

Cartelería

Image

Image

Image 

Image 

 

 

.

Image 

Image  

Image  

Image 

 

enlaces

enlaces

enlaces

enlaces

enlaces

enlaces

enlaces

enlaces

enlaces

enlaces

enlaces

enlaces