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LOS CARNAVALES EN LA HISTORIA DE SANTA BRÍGIDA

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Friday, 13 de February de 2009

Santa Brígida es un pueblo de larga tradición en la celebración de los Carnavales. En tiempos de nuestros abuelos todo el mundo echaba manos de un disfraz (bastaba una sábana y una careta), comía tortillas con miel, las mascaritas pedían huevos por las casas o la gente iba a Las Palmas a ver el desfile de carrozas por la calle Triana llena de confetis y serpentinas. La fiesta más popular es también una de las más antiguas del municipio.

Pedro Socorro Santana

Cronista Oficial de la Villa de Santa Brígida

Los Carnavales comenzaron a celebrarse en la Isla poco después de la conquista de Canarias. A finales del siglo XV, Gran Canaria fue repoblándose de gente de distintas nacionalidades. En agosto de 1521, mientras en la Vega vieja se construía una ermita que se pondría bajo la advocación de Santa Brígida, un grupo de genoveses residentes en el Real de Las Palmas, actual ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, fue decisivo en la estructuración del "Carnaval primero", con una procedencia claramente italiana. Aparece por esos días lo que podríamos considerar la "comisión de festejos", ordenando corridas de toros, la colocación de luminarias y el nombramiento de caballeros para que cuidasen de las fiestas. Entre aquellos personajes, cabe destacar a don Bartolomé Cairasco de Figueroa, nacido en una casona de la Alameda capitalina, el 8 de octubre de 1538, sus padres Don Mateo Cairasco procedente de Niza y su madre Doña María de Figueroa, de Gran Canaria, con un enraizamiento italiano que también tendría el padre de los Salvago, que era genovés. Ambos realizaban bailes de disfraces, y con estas celebraciones se le otorga edad y máscara patriarcal a un carnaval más que centenario.
Néstor Álamo, Cronista Oficial de la Ciudad y de la Isla, relata, por su parte, que el 5 de agosto de 1574 las reyertas en un "sarao o farsa de gentes disfrazadas" por disputas familiares dieron como fin un prólogo inquisitorial, en el que se hablaba de “baile de máscaras”. Y el 2 de mayo de 1777 se publicó por Bando en la Ciudad una Real Cédula de S.M. y Señores del Consejo, en representación del Obispo de Placencia, en el que se prohibía todo tipo de celebraciones de esta índole.


La primera referencia de la fiesta de Carnaval en Santa Brígida se halla en el anciano y venerable libro, forrado en piel, de la fábrica parroquial y data de 1602. Hace 407 años. Cuatro siglos. En la memoria de las obras de la nueva parroquia (1583) hecha por el párroco de la misma, el bachiller Melchor Méndez, éste deja constancia de la cajita que compró su sacristán a la imagen de San Sebastián y afirma que “fue por Carnestolendas de 602”.
El Carnaval de antaño se enseñoreaba en la calle y se prolongaba luego a los hogares, donde el olor de las ricas tortillas de carnaval regadas con miel impregnaba toda la casa. Esta costumbre, como la del arroz con leche, es un hábito aún persistente. En la Plaza de la iglesia, área vital y lugar de todas las celebraciones del pueblo, se celebraba como fin de fiestas la tradicional piñata, uno de los actos más célebres del antiguo carnaval satauteño. Allí se congregaba un público extraordinario y mucha chiquillería que recogía los regalos desparramados por el suelo.
Un sencillo espectáculo que tenía lugar en la mañana de domingo, tras la salida de la misa mayor. El reparto de premios resultaba apasionante y constituía un gran motivo de alborozo que nadie quería perderse. En el repaso que hacemos de las actas municipales observamos cómo algún que otro pleno dominical al que debían acudir los munícipes se suspendía por falta de quórum con ocasión de la piñata. El 20 de febrero de 1887, por ejemplo, el alcalde accidental, Juan Domínguez Peñate, se vio obligado a suspender la sesión ordinaria de ese domingo y trataba de justificar la ausencia de ediles “sin duda a causa del tiempo lluvioso que viene reinando, por una parte, y por otra el Carnaval”. El siguiente domingo tampoco se reunieron los munícipes, en esta ocasión con motivo de la “celebración de la histórica piñata”, insistió el Alcalde.
Al amparo de las sábanas blancas y las caretas, algunas máscaras no actuaban con moderada libertad y se pasaban de castaño a oscuro. No faltaban a veces algún desaprensivo que arrojaba alguna pedrada para ajustar algunas cuentas pendientes. Por tal razón no es de extrañar que el Alcalde, José González Hernández, publicara un curioso edicto en el periódico La Legalidad de Las Palmas -el 23 de de enero de 1876. A tal efecto, el primer edil quería poner orden y evitar “los disgustos que pudieran ocasionarse entre las personas que se disfrazan y los vecinos de este municipio”. Asimismo, ordenó al único guardia municipal del pueblo que realizara rondas nocturnas para evitar molestias. Poco caso debieron hacer a la autoridad, pues días más tarde, el también munícipe, José Antonio Ramírez, a la sazón secretario del Juzgado Municipal, escribió una carta, publicada en el periódico La Prensa, el 5 de febrero de ese año, denunciando una nueva gamberrada.

“...Todos saben la pugnas y rencillas que hoy existen entre algunos mal avenidos de esta localidad; por lo cual y sabedor de todo el que suscribe, y teniendo entendido que algunas máscaras traspasaban los límites de semejantes diversiones la señalaren, dio orden al guardia municipal para que vigilara por las noches con el objeto de evitar disgustos”.

El domingo por la noche, 9 del que rige, se disfrazaron varias personas y dos de ellas se introdujeron a eso de las 10 ó 11 en casa de un pacífico vecino que se hallaba ya recogido en su cama, y encontrándose su mujer en la ventana les manifestó que no había máscara en su casa; pero éstas empezaron a darles bromas, y una de ellas le tiró una piedra a la expresada mujer en el pecho, haciéndole caer al suelo, piedra que no pesaba menos de libra y media.

En vista de este escándalo se levanta el marido y sale en persecución de las máscaras con objeto de averiguar al autor de aquel atentado, y visto que no podía descubrir dio parte a la Alcaldía para que tomara medidas sobre el particular. El Alcalde, acompañado de varios vecinos, trató de inquirir el hecho cometido, y nada descubrió, retirándose a las 12 y media de la noche para su casa”.












El Carnaval satauteño en el siglo XX

A comienzos del pasado siglo XX los Carnavales dieron un giro con la aparición de la sociedad La Amistad (Real Casino), la primera sociedad de recreo del pueblo creada en 1900. Su sede sería una casa de la calle Real en alquiler, propiedad del guiense Jorge Roque. Gracias a la rifa de un reloj, la nueva institución pudo comprar un piano a finales de 1901 con el que amenizaría los primeros bailes en su amplio salón. Y es que afuera hace frío y la lluvia persistente en pleno mes de febrero deslucía a veces las carnestolendas, cuya distracción constituía un medio de alterar la monotonía del tiempo. Otras sociedades de recreo comenzarían, décadas más tarde, a dar cabida en sus salones a ocurrentes y alegres mascaritas, como el Círculo Recreativo de La Atalaya, pero esto sucede antes de la guerra.

La Sociedad organizaba un número determinado de bailes al año, los que llamaban oficiales. Entre los papeles viejos de esta centenaria institución todavía se conservan los gastos empleados en el alquiler de pelucas y decorados para el salón o la compra de carburo y velas para iluminar las noches con sus olores peculiares. En 1902, por ejemplo, los bailes los amenizaba un pianista, concretamente el primer director que tuvo la Banda Municipal de Santa Brígida, el súbdito italiano Pedro Luis Grazziotti, y en tiempos más recientes una orquesta. Los domingos y los festivos por las tardes se organizaban unos bailes denominados “Asaltos bailables” con una gramola o gramófono, según datos entresacados del archivo de la centenaria sociedad. Los oficiales terminaban a las once y media de la noche y se bailaba bajo la mirada vigilante de las madres. En los carnavales se rebajaba un tanto la vigilancia, trasgrediendo un poco -sólo un poco- las rígidas normas de la moral sexual. Era una sociedad con otra mentalidad, muy distinta a la actual. Hoy el tema de los bailes es otra cosa, son otros los estilos y mogollones las maneras.

Debido a la parquedad de los medios de diversión de la época, los bailes eran esperados y preparados con ilusión, especialmente por los jóvenes, que iban de casa en casa pidiendo huevos. Las mascaritas salían con un palo de escoba, un cesto, telas viejas para cubrir el cuerpo y una voz atiplada con la que esconder la identidad. Los carnavales estimulaban entonces las relaciones familiares y las de vecindad. Una fiesta continuada desde el domingo hasta las doce de la noche del martes de Carnaval, porque el Miércoles de Ceniza comenzaba la Cuaresma, que se respetaba inexorablemente. Estaba prohibido cantar y mostrar alegría.

Determinados vecinos acudían el martes de Carnaval a Las Palmas para disfrutar del desfile de carrozas por la calle Triana que, en medio de una batalla con bolas de papel, hacía el tránsito casi imposible. En aquel afamado pasacalle no faltó nunca, al menos en los primeros años del siglo XX, una carroza del Hotel Santa Brígida, engalanada con gran arte por su entusiasta dueño y director, el ingeniero Mr. Alarico Delmar y Shipman, nacido en Suiza. Lo atestigua El Diario Las Palmas en una crónica del Carnaval celebrado en 1906: “La concurrencia de carruajes fue tal, que hubo que alargar la carrera dando una vuelta a la calle de Muro. Imposible recordar los coches adornados. Uno de ellos, del Hotel Santa Brígida, arreglado con exquisito arte por Mr. Delmar y que fue la admiración de todos, obtuvo el primer premio, el segundo premio fue para la barca Ambrosio y el tercero para un carro de caña de azúcar, muy original”.

Todo un mundo de música y diversión que a veces se transformaba en trifulca como sucedió aquel domingo de 1915, según relataba el Diario de Las Palmas en una escueta nota. “El domingo de Carnaval ocurrió en Santa Brígida un sangriento suceso. El alcohol provocó una reyerta entre varios individuos y uno de ellos resultó con una gran herida de arma blanca en una ingle, siendo grave su estado”. Y es que nunca faltaban los borrachos y las reyertas entre nativos y forasteros, haciéndose luego alardes de las trompadas repartidas o palizas dadas.

No había entonces edad para un disfraz. Muchos abuelos hubo que se sintieron nietos y más de alguna paciente madre de familia se acostó una noche sin camisón de dormir porque las condenadas muchachas lo usaron de traje o turbante para acudir al baile de máscaras en la Sociedad.

Pero todo ese carácter lúdico de la vida cotidiana del pueblo se rompió con la guerra. ¡Cuántas cosas se llevó la guerra!. Aquellos días de julio y agosto de 1936 aparecieron por el pueblo los primeros balillas, luciendo camisas azules y armas al hombro, pero eran los disfraces del horror.












Durante la dictadura, al igual que en el resto de España, esta celebración fue prohibida. La orden surgió del cuartel general, en Valladolid, y decía así:

“En atención a las circunstancias excepcionales porque atraviesa el país, momentos que aconsejan un retraimiento en la exteriorización de las alegrías internas, que se compaginan mal con la vida de sacrificios que debemos llevar, atentos solamente a que nada falte a nuestros hermanos que velando por el honor y la salvación de España luchan en el frente con tanto heroísmo como abnegación y entusiasmo, este Gobierno General ha resuelto suspender en absoluto las fiestas de carnaval”.

Andando en el tiempo, el entonces Alcalde, Pedro Déniz Batista, prohibió un baile de máscaras que los socios del Real Casino pretendían realizar en su sede, establecida ya en La Alcantarilla. Lo decía muy claro el primer edil de la Villa en una carta remitida el 22 de febrero de 1963: “....no pudiendo celebrarse acto alguno que exteriorice de cualquier forma aquel carácter ni introducir variación alguna que directa o indirectamente pueda revelar el propósito de conmemorar tales fiestas”.

La iglesia tampoco era partidaria de esas celebraciones tan cerca del pecado de la carne. El entonces Obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zapiain (1936-1966) no era amigo de los carnavales, siendo éste tal vez el único punto en común que tuvo con Franco. Apoyándose en las disposiciones del Estado confesional, Pildain emprendió una cruzada contra la inmoralidad de los bailes públicos, ordenó a sus párrocos que en caso de llevarse a cabo la fiesta, las campanas de la iglesia debían voltear incesantes durante todo el día, tocando a muerto. Para que vean lo riguroso que llegó a ser la moral católica y los trabajitos que pasaban los vecinos para poder disfrazarse.

Pero como no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista, al final la fiesta triunfó sobre la política y la religión, y al iniciarse la década de 1950 pudo celebrarse algún que otro baile bajo el nombre de "Fiestas de Invierno", para evadir la prohibición en aquellos años. Entonces un sencillo baile tenía lugar en la planta alta del Real Casino, en parte gracias al atrevimiento de algunos directivos de la centenaria Sociedad y la connivencia de los guardias municipales que hacían la vista gorda durante la ronda nocturna, que para eso iban disfrazados de autoridad.

Los vecinos más memoriosos recuerdan la escenificación de una gran boda celebrada por el año de 1964, con novios y un grupo de invitados que recorrieron la calle principal del pueblo para terminar con el baile en el Real Casino. Al traspasar el umbral de la centenaria Sociedad, las mascaritas debían desenmascararse ante el conserje de la Sociedad, Maestro Leopoldo, no fuera a suceder que la peña celebrara allí mismo una hipotética luna de miel. En aquel inolvidable bodorrio se encontraban los vecinos Sixto Muñoz Cabrera, Isidro Ezquerra, Ángel Benítez, Mariquita Martín, Pimpina Martín, etc. La orquesta Rialto amenizó la velada y tocó la marcha nupcial para dar la bienvenida a aquel grupo de carnavaleros.

Célebres orquestas del momento, como la citada Rialto, Balader o Tirma, con su vocalista Eva del Río, hicieron las delicias de los vecinos en aquellos años, sobre todo maestro Pepe el pintor o la vecina Agustinita Barrera que eran los primeros en vestirse. En esa etapa, el Casino adquiere su primer televisor, en blanco y negro, siendo presidente de esta institución, Salvador Nuez Rodríguez. Era una tele grande, con mueble incluido, que se cerraba con llaves y que atrajo a la sociedad a nuevos socios. Los carnavales siguen celebrándose bajo la denominación de fiestas de invierno. El Eco de Canarias, en su edición del miércoles 28 de enero de 1970, ofrece una pequeña información:

“Como ya es tradicional, el Casino de Santa Brígida celebrará en las próximas fechas sus populares Fiestas de Invierno que cada año obtienen gran éxito y gozan de enorme fama y excelente acogida en toda la Isla.

Este año de 1970, y de acuerdo con el programa confeccionado por el mencionado Casino las Fiestas de Invierno se iniciarán el próximo día 7 de febrero para continuar los días 8,9,10,14 y 15. El programa es amplio y sugestivo. Los bailes de carnavales en la villa serán sonados de nuevo este año”.

Cuatro años más tarde, el Real Casino adquirió el tocadisco o equipo de discoteca, siendo presidente Enrique Santana Cabrera, a fin de organizar “bailes de juventud”. Había entonces unas ganas tremendas de pasarlo bien, de hacer cosas…y de cambiar otras. La nueva juventud satauteña movía el esqueleto y soñaba muy diferente de sus padres.






















Los Carnavales satauteños en la democracia

Fue, sin embargo, con la llegada de la democracia cuando el Carnaval conquistó de nuevo la calle, y la gente recuperó el tiempo perdido. Estaba muerto el general. Había cerrado los ojos oscuros y penetrantes. Los casi cuarenta años de dictadura no lograron borrar la voluntad y los deseos del pueblo para volver a celebrar su fiesta más popular sin temor a ser detenido.

Su fama y espectacularidad aumentaron con el tiempo, y la antigua máscara, de sábana y careta, sería sustituida por lujosos trajes. Pronto comienzan a realizarse concurridos bailes, paseos con música y quema de voladores, mientras determinados establecimientos hosteleros del municipio vieron también una magnífica oportunidad para el negocio. El martes 11 de febrero de 1975 el Contry Club Santa Brígida (Villa Monte Verde) celebró una gran cena de martes de Carnaval al precio de 1.500 pesetas. El anuncio aparecido en la prensa advierte a los asistentes que debían acudir de rigurosa etiqueta o disfraz. Se entraba en la etapa de la tolerancia en la que el Carnaval ya no encontraba obstáculos para que el pueblo lo celebrase con entera libertad. En Las Grutas de Artiles se celebrarían también afamados bailes.

El primer Alcalde de la nueva etapa democrática en Santa Brígida, José A. García Viera (1979-1986), entonces en el partido socialista, fue uno de los que más participó de estas fiestas, disfrazándose para la ocasión y dándole a los carnavales un apoyo institucional hasta entonces desconocido. El martes de Carnaval fue considerado por primera vez fiesta local. Era concejal de festejos, Lorenzo Santana, vecino del Gamonal.

Pero, sobre todo, los carnavales satauteños contaron a partir de entonces con la masiva participación del pueblo, representado por la Peña Las Cañas. Con ellos, llegó el escándalo. El Carnaval se convirtió en un torbellino de intensa y masiva participación popular gracias al espaldarazo de este grupo de amigos. Nadie puede negarles el mérito de haber logrado la normalización y resurgir del Carnaval, que vivió una auténtica edad dorada por la sincronía entre público u sus propuestas imaginativas.














La Peña Las Cañas se fundó en 1979 en la Tienda del Barro que regentaba Luisito Medina, y debe su nombre a una caña arrancada en el barranco de Teror cuando varios de sus fundadores acudieron de romeros a la villa mariana en una mañana de septiembre irrecordable. A partir de ese instante fijaron los jueves para reunirse, rellenar la quiniela y, si la salud y el bolsillo lo permitían, echarse una copa al paso cadencioso que marcaba Luisito. Y la integraban, entre otros carnavaleros, Jacobo González, Benito Troya, Tomás Troya, Gonzalo Troya, Luis Rodríguez Ortega y su hermano Manolo, Armando López Santana, Pepe Benítez y su hermano Gonzalo, Juan Carlos Rodríguez de la Coba, Pancho, Marcelo Santana Talavera, Juan y Ángel Ortega y Braulio López Santana.

Dos años después, los integrantes de aquella peña, entusiastas y jóvenes vecinos que hoy son abuelos, lograron conectar a la sociedad actual con los años esplendorosos del carnaval satauteño, participando en algunos actos programados por el Real Casino, en cuya sede se ofreció un inolvidable baile de máscaras en 1981, pero no hubo tiempo para más ni el momento era propicio para fiestas. El golpe de Estado del 23 de febrero dejó al alcalde socialista, García Viera, con el susto en el cuerpo, que se enteró de la noticia cuando celebraba en un bar del Caserío de Bandama el ascenso de Manolo Gutiérrez a cabo de la Policía Municipal.

1982 se convertiría, sin embargo, en el punto de inflexión de estas fiestas, y supuso la explosión del Carnaval en Santa Brígida. En esta nueva edición, en el laboratorio Fotocolor de Satautejo se construyó un gran dragón ideado por Jacobo González, hecho a base de aros de hierro que soldaron Tomás Troya y Manolo Rodríguez Ortega, además de emplearse papel, harina y muchas horas de trabajo para confeccionar los trajes chinos con los que se disfrazaron los participantes. La Peña Las Cañas ganó el primer premio, en el apartado de disfraces de conjunto, dotado con 50.000 pesetas y placa, en el “Gran Coso” del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. Sueño cumplido, pues el deseo y la ilusión de esta peña era que el pueblo estuviera representado en aquel acontecimiento.

Antes de llevar aquel dragón a la ciudad, nuestro animal mitológico echó fuego por las calles del pueblo, llenas de vecinos y animada por la música de la charanga municipal. Aquello fue una explosión de júbilo popular que ni los más ancianos del lugar se lo creían. El dragón llegó hasta el Sur, para participar en los carnavales de Playa del Inglés, pero a la vuelta una ráfaga de viento hizo volar su cabeza cuando pasaban por la zona de Juan Grande, lo que obligó a realizar una delicada restauración, con tiritas incluidas. Era aquella carroza de tracción humana, por lo que en el interior se encontraban los miembros de la peña. Entre risas, recuerdan cómo las botellas de ron entraban por la cola a fin de animar al personal, pero apenas llegaba el ron a los hombres que se encontraban cerca de la boca del dragón. Para que vean que no todas las copas suben a la cabeza

Curiosamente, el dragón se convirtió en la primera sardina de los carnavales de Santa Brígida, pues a la semana siguiente se quemó en el campo de fútbol, entre fuegos artificiales y una gran animación tras tantos años de silencio impuesto.

Nuevas ilusiones se abrían paso tras esta primera andanada popular. El Carnaval se consolidaba en el pueblo de manera definitiva. Fue tanta la ilusión creada que al año siguiente (1983) la Peña Las Cañas buscó un nuevo motivo alegórico para el Carnaval. Entonces idearon realizar el famoso tren transiberiano, mientras las mujeres se encargaban de decidir y confeccionar con gran habilidad los modelos para quienes desearan ser maquinistas, revisores o pasajeros de nuestra particular locomotora.

 

Muchos vecinos fueron los que subieron a aquel tren, con vagones de distintos colores, chimenea humeante y provista de una enorme caldera, “que funcionaba con serrín y gasoil”, recuerdan los más memoriosos. El tren hizo su penúltima parada en la ciudad para participar en la cabalgata capitalina. Entretanto, el Real Casino celebró un gran baile de máscaras. Al regreso de la ciudad, se decidió no prenderle fuego al tren como acto de fin de fiesta, debido a la poca combustión de los materiales con que se había construido. En su lugar se pescó una enorme sardina compuesta por hierro para el espinazo y papel como escamas, además de muchos kilos de pintura para dar el colorido necesario al pez que pondría el broche de oro a los carnavales de 1983 y el inicio del Entierro de la Sardina. Su artífice sería el vecino e hijo adoptivo de este pueblo, Jacobo González Velázquez. ¡Cuántos paisajes inolvidables del alma emocionada se vieron desde aquel tren!. La gente esperaba con ganas, con ilusión, el próximo viaje.

Y llegamos a 1984. Ese año la peña publicó un inolvidable cartel, cuyo motivo alegórico, un tronco de caña, es obra del maestro y ex concejal de Cultura, Juan Sixto Muñoz. En esta ocasión, la Peña Las Cañas participó en la Cabalgata del pueblo con una carroza alusiva a un castillo de la Edad Media, con su mazmorra y catapulta, cuyo palo de pitón se partió en dos cuando la carroza trataba de entrar al Parque de Santa Catalina, en la ciudad. Entretanto, el Ayuntamiento se implicaba cada vez más en la organización de los actos, como aquella Verbena de la Sábana, celebrada el 10 de marzo en el aparcamiento municipal, “con premios a los mejores disfraces en individuales y parejas”.

Un año después llegaría el turno de las brujas. La Peña construiría un gran caldero donde las brujas hacían los brebajes y otras pócimas milagrosas. En la parte trasera de la carroza se exhibían unos grandes tubos de ensayos por donde pasaba el elixir que garantizaba la vida eterna.

Ya entonces se celebraban en el pueblo las primeras galas y actuaciones de murgas y comparsas llegadas desde la ciudad. Para ello, el Ayuntamiento contó con la labor de un gran amante de estas fiestas, don Eduardo Azofra, uno de los organizadores de los carnavales del Círculo Mercantil, en la ciudad. Azofra realizó en el pueblo un trabajo encomiable, siendo, además, el primer pregonero de nuestro Carnaval. En sus inicios, tanto las galas como actuaciones de las murgas más importantes del momento, Los Nietos de Kika o Los Guanches Picapiedras, y comparsas, como Maracaibos, tenían lugar en el antiguo cine del pueblo, que acogía por primera vez la elección de la Reina del Carnaval, siendo la primera reina la joven vecina del barrio Las Meleguinas, Mari Carmen Peñate Navarro. Antes de conocerse el fallo del jurado, un joven cantante Marcos Jesús y su Mariachi amenizaba el momento de la espera.

 

 

 






















La época de la movida

Los Carnavales de los años 80 hicieron época, la época de la movida. Fue un momento eufórico en que Santa Brígida se convirtió en uno de los focos de atención festiva de Gran Canaria con las primeras verbenas del lechón, la elección de Miss Las Palmas, con la llegada de los gnomos de la tele, y actuaciones de famosos cantantes, como Manolo Escobar y Rocío Jurado, en el aparcamiento municipal. La señal también de que la España de los ochenta del siglo pasado ya no estaba traumatizada por el franquismo y la transición.

 

Los barrios comenzaron, por su parte, a implicarse cada vez más en los festejos, trayendo al casco sus respectivas carrozas para participar en la Cabalgata de un pueblo efervescente. Aún se recuerda con cariño cuando los vecinos del Gamonal vinieron disfrazados de presos y guardias municipales o cuando desde la Plaza Doña Luisa llegaron los pitufos. Hoy día, sin embargo, tan sólo el barrio de Los Llanos de María Rivera cuenta con un carnaval digno y sencillo, sin que apenas cuente con ayuda municipal. Cosas del ingenio popular.

El cinco de noviembre de 1988, en tiempos del Alcalde Carmelo Vega Santana, se creó, por primera vez, una comisión gestora encargada de organizar los carnavales, representada por las distintas asociaciones y que dio lugar al denominado Patronato Municipal. Este patronato, compuesta por vecinos de la villa y el citado Eduardo Azofra, se encargó de la organización de los carnavales de 1989, año en el que actuó la primera murga del municipio denominada “Los Cataiferos”, con más de cuarenta integrantes y fundada por vecinos del barrio de La Atalaya, entre los que se encontraba el maestro y gran activista vecinal de aquella época, Pepe Navarro.

Durante los primeros años de la década de los noventa se volvió a introducir la novedad de la figura del pregonero, a cargo de un personaje público o vecino que, desde el balcón del Ayuntamiento o sobre el escenario del antiguo cine, engalanado con la ambientación característica a ese año, invitaban a disfrutar de estas fiestas. Aunque esta declaración festiva no siempre se cumplió en la apertura de los carnavales satauteños, desapareciendo en los últimos años. Y llegados a este 2009 ni siquiera se celebran los carnavales, salvo algún que otro acto organizado por el Real Casino.

Año

Pregonero

Motivo

1982

El Dragón

1983

El tren transiberiano

1984

Eduardo Azofra

(Mª Carmen Peñate Navarro (1ª Reina del Carnaval)

Castillo Medieval

1985

José A. García Viera (Alcalde)

Las Brujas

1986

Sin temática

1987

1988

1989

Jaime Marrero Pérez (humorista)

1990

1991

1992

Santiago García Ramos (periodista)

1993

Nazaria Valencia Socorro (vecina)

1994

José Martín Ramos (periodista)

1995

1996

Nazaria Valencia Socorro (vecina)

1997

1998

1999

2000

Luifer Rodríguez (actor)

¡Viva México!

2001

Pepín González Padrón

Carnaval de cine

2002

Carlos Sosa Báez (periodista)

El Oeste Americano

2003

Alicia Santana Vega (Vecina)

Piratas

2004

Egipto

2005

Venecia

2006

Medieval

2007

Sin temática

2008

A la vieja usanza

2009

ESTE AÑO NO SE CELEBRAN POR LA CRISIS

Fuente: Programas de la Concejalía de Festejos. Elaboración propia.






























Pero sin duda, uno de los actos más significativos del Carnaval en esta Villa es el Entierro de la Sardina, con la participación de la charanga de Santa Brígida y la lectura de su testamento. Entonces tenía como digno escenario el antiguo campo de fútbol, que daba a la escena una brillantez y comodidad a la numerosísima presencia de la gente, sentada en las gradas. Entretanto, las viudas y allegados lloraban desconsoladas y caían rotas por el dolor junto a los numerosos montículos de serrín empapados con gasoil ardiendo, que daban una espectacularidad luminosa a aquella pira mortuoria. En una ocasión, llovió tanto en Santa Brígida, que hubo que esperar tres domingos seguidos para poder quemar a la dichosa sardina. Y vaya que se quemó, como este año se ha hecho humo la expresión de alegría popular, aunque por hechos ajenos a los meteorológicos.

Lástima que en esta época de crisis no resucitemos aquel espíritu alegre que siempre acompañó a estas fiestas, de las máscaras envueltas en sábanas blancas, del antifaz negro, los huevos pedidos por las casas y las tortillas de Carnaval. Lástima también que ese mismo espíritu de alegría no se incorpore a la otra máscara que nos ponemos en nuestra vida cotidiana y que es la que en realidad conforma nuestra personalidad. A ser felices.


























Fuentes y bibliografía:

  • Hernández Martín, Orlando (1988). El Carnaval de Gran Canaria: 1574 - 1988. Las Palmas de Gran Canaria: Fundación del Carnaval de Las Palmas (Gráficas Bordón), 1989.
  • Texto: Angela Merino (Mayo de 1999). Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. Las Palmas de Gran Canaria: Fiestas del Carnaval de Las Palmas S.A., Depósito Legal: M. 19930-1999.
  • Archivo Histórico Parroquial. Archivo Diocesano de Las Palmas.
  • Archivo Histórico Municipal de Santa Brígida
  • Archivo del Real Casino de Santa Brígida
  • El Eco de Canarias, sábado 8 de febrero de 1975. Hemeroteca Museo Canario
  • Diario de Las Palmas, 19 de febrero de 1915. Hemeroteca Museo Canario.
  • Diario de Las Palmas, 1 de marzo de 1906.
  • Diario de Las Palmas, 15 de febrero de 1929
  • La Prensa, 3 de febrero de 1876
  • La Legalidad, 25 de enero de 1876
  • El Eco de Canarias, 28 de enero de 1970
 Entrevistas a los vecinos Jacobo González Velázquez, Lorenzo Santana Santana, Paco Santana, Luis Rodríguez Ortega, Manolo Rodríguez y Juan Sixto Muñoz


 
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Ayto. de la Villa de Santa Brígida
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Tlf.: 928.64.81.81 / 928.64.00.72

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