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Artesanía

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En el barrio de La Atalaya, antiguo problado aborigen, es de los pocos sitios de Europa donde todavía se cocina con cacharros de barros y se utilizan otros cuencos para tostar el millo y café. También observamos la existencia de numerosas cuevas en donde se utilizan los hornos antiguos de piedras. Hoy en día se resiste en perder su arte arcaico y su encanto nativo. Tras la desapareción de los grandes maestro de la elaboración de la losa fueron Panchito y Antonia La Rubia. En la actualidad nos encontramos con jóvenes y asociaciones que mantienen viva la tradición siguiendo la técnica aborigen.

El barrio troglodita de La Atalaya, antiguo poblado aborigen, es de los pocos sitios de Europa en los albores del siglo XXI donde todavía se cocina con cacharros de barros y se utilizan otros cuencos para tostar el millo y el café. La utilización de platos congelados y la vitrocerámica, o los sencillos y rápidos microondas, no han conseguido hacer desaparecer esta elaboración tradicional de los cuencos y vasillas de barro, cuyo uso común no es tan rentable como lo es la venta del objeto artesanal y decorativo.

Excavado en cuevas blanqueadas y localizado en la parte más alta del Monte Lestiscal, junto al sinuoso barranco de Las Goteras, el pago de La Atalaya mantiene viva la tradición alfarera de padres a hijos, aunque cada vez en menor escala, pero en hilo directo con la cultura de los antiguos pobladores de esta islas.

La Atalaya está situada, como su nombre indica, sobre un promontorio desde el cual se domina el bello paisaje del barranco de Las Goteras,a donde se abren cientos de cuevas excavadas en la roca. Las amenazas piratas obligaron a elegir este emplazamiento para ocultarse de la mirada invasora. Las cuevas continúan habitadas y hasta hace pocas décadas se usaban los hornos antiguos de piedras para cocer bellas vasijas de barros, hasta que esta herencia de los antiguos canarios se perdió en parte con el fallecimiento de los inolvidables loceros Francisco Rodríguez Santana (Panchito) y Antonia Ramos Santana (Antoñita "La Rubia"), que se llevaron consigo numerosos secretos después de dedicar toda su vida a este arte.

En la actualidad, tras desaparición de los afamados artesanos, un grupo de jóvenes aglutinados en la asociación de profesionales de la loza de La Atalaya (Alud) mantiene viva la tradición y los conocimientos de este oficio, siguiendo la técnica aborigen (a mano y sin torno). Alud gestiona, en la actualidad, el Centro Locero y se encarga de la difusión de los valores culturales y etnográficos de la artesanía de La Atalaya. Las nuevas generaciones de artesanos perpetúan diariamente este arte ancestral, modelando con sus manos vasijas de barro con muy pocas variantes con respecto a la época anterior a la conquista y decorados con notable sentido artístico.

Antiguamente, las mujeres eran las encargadas de fábricar cazuelas con barro y arena de barranco. De sus manos salían bellos bernegales, braseros,lebrillos, tostadores o gánigos, esos recipientes de formas llamativas que decoraban con figuras geométricas, que luego cargaban a la cabeza para venderlos en distintos pueblos de la isla o intercambiarlos por otros productos de la tierra.

Tras la conquista, una modesta, pero variada, industria artesanal atendía la demanda de servicios y utensilios domésticos a través de un largo capítulo de oficios: carpinteros, zapateros, herreros, curtidores, silleros, albañiles, aserradores o estereros, o etcétera, que cubrían las necesidades de la población, aprovechando la materia prima del bosque inmediato. La agricultura, el pastoreo, la elaboración de quesos y la artesanía eran actividades frecuentes en esta sociedad desde sus inicios, además de la ocupaciones ligadas al cultivo y producción del azúcar, como las cañavereros, refinadores y purgadores.

A comienzo del siglo XIX, la alfarería de La Atalaya continuaba siendo la principal actividad artesanal en la Vega, aunque también la actividad de confección de tejidos era una pujante industria en este pueblo, que contaba con 120 telares, de los que salían ropas bastas, mantas para las camas y otros géneros de regular calidad destinados a la población. En 1802, la gran mayoría de las mujeres del pago talayero se dedicaban al oficio locero. Ese año la producción semanal era de tres a cuatro docenas de piezas, según las estadísticas del comisionado Escolar y Serrano.

Todavía hoy este pueblo se resiste a perder su arte arcaico y su encanto nativo. Las guaguas con turistas siguen visitando La Atalaya como una ruta ineludible en su recorrido hacia el Centro de la Isla, donde puede admirarse la forma de trabajar de los loceros y adquirir piezas a muy buenos precios.

La construcción del Centro Locero de La Atalaya, inagurado en el mes de diciembre de 1997, y la recuperación de varias cuevas, como la Casa-Alfar de Panchito, convertido hoy en ecomuseo, han permitido reactivar esta vieja tradición y mantener un actrativo cultural y turístico para la villa. En el citado centro, ubicado en el casco histórico del barrio de La Atalaya, se pueden adquirir piezas de artesanía o recibir la enseñanza básica para aprender estas técnicas tradicionales. Cuenta, además con una sala temática y un horno de piedra instalado en el patio, y que es una fiel reproducción de los antiguos hornos que existieron en los siglos pasados.

La alfarería no ha sido, sin embargo, la única actividad artesanal de esta localidad. Conjuntamente con zapateros, pedreros, panaderos y herreros, Santa Brígida fue conocida hasta hace pocas décadas por la construcción de timples (pequeña guitarra de cinco cuerdas), que hacía en su antigua casa, situada junto a la iglesia de Santa Brígida, el desaparecido vecino José Alemán Hernández, popularmente conocido por "Pepito Calabazas".

Este artesano satauteño, que dedicó más de treinta años de su vida a la elaboración de miles de instrumentos de cuerda: timple, guitarras, laúdes y bandurrias que confeccionaba con gran profesionalidad.

"Solamente en un año llegué a construir tres mil cien timples. Claro que en esa época no estaba yo sólo, tenía muchos alumnos y aprendices. Aquí se han construido todo tipo de instrumentos. Menos violines, he hecho de todo: guitarras, bandurrias, laúdes, timples...", declaraba este artesano al periódico La Provincia en una de sus últimas entrevistas publicadas en 1974. Para la elaboración de estos instrumentos, Pepito Alemán utilizaba madera de nogal, naranjero, palosanto, diversas maderas de Brasil, el cedro y la caoba de Cuba. Muchas de sus piezas artesanales son obras de arte, sobre todo sus reconocidos timples, que fueron exportados al extranjero, e incluso el famoso guitarrista español Regino Sainz de la Maza o el concertista Tárregas adquirieron sendas guitarras hechas con el arte de Pepito. Lamentablemente, el oficio al que dedicó toda su vida desapareció con su muerte.

Igualmente son notables los calados y los bordados que constituyen las modalidades textiles que, junto con los trabajos de cestería o la confección de escobas con hojas de palmas, con las que realiza Pepe Gutiérrez Cabrera, del Gamonal Bajo, y jaulas de cañas, enriquece el "arte sano" que se realiza en esta villa.

 

Ayto. de la Villa de Santa Brígida
C/ Nueva , 13
Tlf.: 928.64.81.81 / 928.64.00.72

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